Apoyo la cabeza atrás, cierro los ojos y toco inútilmente el asiento delantero con la mano, como si lo sujetara. El avión despega y mi cabeza parece arder: me late la frente y los ojos, los siento como dos huevos cocidos. No es por volar, es por falta de sueño. Demasiadas noches seguidas durmiendo un número horas que siempre puedo contar con la mano. Mierda. Al final me subió la fiebre… justo el dia en que me voy de congreso :-(

Hay dos fenómenos que irremediablemente acompañan a mis procesos febriles: enormes ganas de comer dulce… y absoluto descontrol a la hora de pensar guarradas. Curiosamente, aunque el cuerpo no acompañe, mi cerebro incrementa su grado de perversidad habitual en un 300%. Me pongo escatológico total. Esa azafata rubia y modosita encorsetándose un sucísimo chaleco salvavidas me daría pie para escribir otro American Psyco.

Sorprendentemente me defiendo bastante bien en el evento. Logro aguantar hasta mi charla sin desmayos, suelto mi charleta de videojuegos, y encima, parece que gusta. Dos o tres psicopedagogas cuarentonas me abordan a la salida para proponerme colaboraciones, hacerme preguntas… lo típico. Pero hay algo que no funciona: cómo las hablo, cómo las miro, cómo las sonrío… ¡las estoy “considerando”! (entiéndase, en términos sexuales). Vale que con la fiebre esté algo más salido, pero creedme, amigos: para mi una mujer que tiene -de manera tan evidente- más edad que yo es un yogur caducado. Y yo, encima, como que soy de los paranoicos que revisan periódicamente su nevera… Para colmo, a tiro de piedra hay dos objetivos altamente prioritarios: sendas becarias argentinas, a cual más jamona, que ejercen como dóciles siervas de las investigadoras cuarentonas. Una morena, de pelo rizado y ojazos verdes, y una rubia de curvas imposibles a lo Jessica Rabbit… ¡y las dos me sacan una cabeza! [Inciso: si hay algo que me mata de morbo son las féminas que me superan en a) inteligencia o b) tamaño ... y aunque ambos requisitos son relativamente débiles, el segundo se detecta de inmediato... ¡ojo, no hablo de GORDAS! Gordas no way. Me refiero a tías-buenas-de-proporciones-estándar, pero que han sido escaladas en los tres ejes un poco más de la cuenta, con el único fin de provocar].

Bueno, que me lío… que las argentinas estaban muy buenas pero yo seguía pendiente de las cuarentonas. ¿Donde está el problema? En la apreciación de méritos, amigos. Estar maciza con 20 años no tiene NINGÚN, pero que ningún mérito. Pero mantenerte los siguientes 20 años en forma, con una piel decente, desprendiendo elegancia y feminidad en el vestir, en el maquillaje (que maximiza tu “belleza madura”, pero sin pretender falsear tu edad, que queda fatal), etc… en fin, todo eso como que sí que tiene mucho mérito, y de alguna forma lo que me pasa es que cada vez lo estoy valorando más (suspiro). Me despido de ellas antes de que esto vaya a mayores, pues parece que hasta hacemos amistad y no estoy yo hoy para hacer amigos… (nota de mi cerebro: “Aunque sea con tus últimas fuerzas, me debes una paja pensando en la rubia cuando llegues al hotel. ¡Pórtate como un hombre!”).

Por la noche, tras un largo día de chuparme charletas, subo una cuesta infernal hasta mi hotel, que está a tomar por culo (aproximadamente) de la sede del congreso. Voy despacio, casi jadeando, porque apenas puedo con mi alma. La fiebre hace que constantemente tenga ganas de hacer pis. No lo he dicho antes, pero estoy en un pueblo costero de esos colonizados por los guiris. Veo pequeñas mansiones de pudientes noruegos, suecos y alemanes por todos lados. Nadie en la calle que me pudiera ayudar si la enfermedad puede conmigo y caigo rodando cuesta abajo.

Al aproximarme al hotel me espera un espectáculo insólito: música y luces de colores por todas partes. Hay un fiestón de cuidado. Mi cerebro fantasea: el hotel es la residencia temporal de un séquito de supermodelos noruegas que están celebrando su éxito en la Madrid Fashion Week. Le están dando al alcohol y a las drogas duras, y bailan desesperadas, braga en mano, esperando a que aparezca un ejemplar de macho ibérico en escena para avalanzarse sobre él y dejarlo seco.

Parece que no, pero con esta fantasía las piernas me responden de otra manera. Gracias, cerebro.

Cuando por fin llego al hotel y entro en el hall, descarto mi anterior hipótesis: los que están de fiesta son un montón de abueletes del IMSERSO, que gracias a su condición de jubiletas pueden permitirse estar cualquier día, de cualquier época del año, en un resort de la Costa Blanca escuchando atronadores hits de Chayanne y David Bustamante hasta la hora que haga falta… bailando y riendo juntos, en una bacanal sin fin. No en vano, y por terminar de ubicaros, estoy muy cerquita de Benidorm.

Me quedo absorto mirándoles. Casi todas son mujeres (viven más que los hombres, sí) y ahí las tengo, con sus rebecas de lana, sus peinados teñidos y estropajosos, sus meneitos lentorros pa’lante-pa’trás haciendo con que bailan, pero que realizan sin esfuerzo (por lo que la oscilación podría eternizarse como en los péndulos de los mercadillos)… y sobretodo: sus sonrisas de felicidad absoluta. A nadie les importa lo que hagan y por eso, precisamente por eso, son los dueños del hotel. ¡Todo está ahí para ellos! La discoteca, la zona de bar, el SPA… todo para su exclusivo uso y disfrute. Son la razón de ser de este hotel… no yo, que vengo y apenas piso por la habitación para dormir en ella.

Los dueños del complejo y algunos empleados -tampoco lo he dicho- son noruegos. Y el hotel en sí, también tiene cierto diseño extranjero. Me fijo en los detalles, algo pobres, de la decoración del baño mientras hago mis necesidades sentado en el váter. Casi me duermo. Pero no, de vez en cuando me espabilo y me sigo limpiando, aunque sin recordar muy bien si he terminado… [Inciso: os hago saber que hay cuatro escuelas diferenciadas de usuarios de papel higiénico, a saber: a) Voy a lo kamikaze, de quien se limpia rápido con un poco de papel y sin mirar los resultados, se enfunda el gayumbo y sigue como si nada. ¡Esto es una guarrada, señores!, luego viene la zurraspa en to’l calzoncillo ¿y que hacemos?. b) El marrón: repetición, pero de lo amarillo tolero un poquillo. De quien utiliza un bucle do-while donde la condición es encontrar el papel suficientemente limpio, aunque se admite una ligera tonalidad amarilla en la última pasada. -No, no es un efecto de la luz del baño: ¡TODAVÍA sale amarillo, cabrón! Levántate si tienes prisa… pero, por favor, sé honesto y no te engañes a ti mismo-. c) El algodón no engaña. Este soy yo, un maniático compulsivo de la limpieza, que no tiene inconveniente en gastar todo el rollo con tal de que no haya RESTO NINGUNO que pueda distinguir la higiene existente en la comisura de mis nalgas, de -pongamos por ejemplo- mis sobacos. And finally d) La delgada linea roja. Si al mirar el papel compruebas que has llegado a este estadío… te has pasado limpiándote, amigo :-( Sufrirás las consecuencias… en silencio (WARNING! este estadío es fácilmente alcanzable si no conoces de antemano la calidad del papel de baño a utilizar… cuando vas por ahí, no es como en casa, hay lugares donde lo que sirven es directamente papel de lija).

Pero bueno ¿de qué coño estamos hablando? ¿por donde iba?… Ah sí, estaba terminando de limpiarme el culo. Tiro de la cadena y… ¡¡¡DIOS, por poco rebosa todo entero!!! Resulta que he usado taaanto papel higiénico en mis sucesivos despertares y limpiezas, y que el desague del váter noruego de diseño es tan estrecho que ahora se ha formado un tapón acojonante y no hay manera de que eso “trague”. La escobilla no hace más que empeorar la situación. Dantesco. El espectáculo que tengo ante mis ojos es dantesco. Dada mi situación de extrema vulnerabilidad física y pocas ganas de ver a nadie, decido recurrir al arte del escaqueo y lidiar con el “marrón” a la mañana siguiente. “Podré dormir con eso ahí, tengo suficiente sueño” me digo para mi mismo y mi cerebro añade: “Que mañana lo limpie la chacha noruega… ¿te divierte que las hipermodelos de tu país no quieran follar conmigo, ehhh? ¡¡Pues limpia esto, cabrona!! HA HA HA-HA-HAAA!!!”.

Perdonad, creo que deliro. Me tiro en la cama y ni siquiera me desvisto.

Por la noche la fiebre hace de las suyas y sueño (o pienso medio dormido) más cosas raras. El ruido de la fiesta llega, aunque muy atenuado a mi habitación. La puerta se abre (¡olvidé poner el cartel de No Molestes!) y entran mujeres a mi cuarto. Pero no son las modelos noruegas, ni las becarias argentinas… son las viejas españolas, bailando todavía con ese ritmillo cansino y su sonrisa perenne. No me dejan dormir, pero no me importa. Alguna, al ver que me sobresale el culo por las sábanas, me lo fustiga con los tubitos del chaleco salvavidas. Están de guasa, no pasa nada, y la verdad es que tener el culo al aire me estaba dando frío.

Las contemplo feliz, desde dentro de mi edredón. Pienso que lo han conseguido: han envejecido muy bien, han llegado a disfrutar del retiro, con salud. ¿Quien sabe si nosotros lo conseguiremos? Son unos ganadores, cada día que les queda será orgía, bacanal sin sentido… comilonas, SPA y discoteca… así, ciclando de resort en resort, de viaje organizado en viaje organizado, por los siglos de los siglos. Amén.

Pienso en lo que han hecho estos viejos por nosotros y casi me emociono, chavales: han trabajado toda su vida, han aportado pasta al sistema… ¡gracias a su esfuerzo ahora millones de españoles pueden ir tirando de cobrar un paro!… y para colmo ahora son también el motor de la economía (el turismo de los viejos europeos, ¡y el auto-turismo de los españoles! ¡claro!). Le dan trabajo a los hoteles, a los camareros, a Bisbal y a Chenoa (son sus fieles adeptos), a la SGAE… en fin. Si supieran usar Internet, seguro que habrían impedido que cerraran hasta MegaUpload.

No seais pudorosos, amigos… yo he sido el primero en reconocerlo, pero después de mi habrán de venir otros que lo repitan: España, nuestra querida patria… “me la están levantando” los viejos.

Silvia fue una de mis profesoras durante la carrera. Creo que no llegué a tener muchas clases con ella, tal vez sólo parte de un laboratorio, pero la recuerdo perfectamente. Jorge -mi eterno compañero de prácticas- y yo estábamos “enamorados” de ella. Vale que en esos años sólo con ser joven y mujer, una profesora ya tenía medio camino recorrido para encandilarnos… pero además ella era guapa, rubia, amable, simpática… err, joven (¿he mencionado ya que apenas nos sacaba 5 añitos?) y bueno, lo reconozco… con unos “rasgos femeninos” que no pasaban inadvertidos ;)

Sin embargo no puedo decir que tuviese mucho trato con ella, y a pesar de haber coincidido tantos años trabajando en el mismo edificio, lo cierto es que nunca llegamos a intercambiar más que algún saludo o comentario intrascendente en el ascensor. Recuerdo, eso sí, haber visto su fotografía en Facebook en varias ocasiones, en la sección de “Personas que quizá conozcas”. Y a pesar de que soy bastante promiscuo en lo que a redes sociales se refiere, lo cierto es que nunca me atreví a abordarla. Si hubiera sido LinkedIn (suspiro)… pero no, Facebook ya forma parte de la vida privada de cada uno, y cuando agregas a alguien que no conoces bien, no sabes exactamente qué le estas pidiendo que comparta contigo. Aunque muchos nos lo tomamos a la ligera, hay quien ha hecho de Facebook su rinconcito en este mundo, y guarda fotos de toooda su vida, comentarios muy íntimos “solo para sus amigos”, y hasta pistas que podrían desvelar secretos de esos que jamás confesaría en público (ni en persona). Hace falta cierta confianza para dar ese click, eso o un total desapego emocional por la posibilidad de ser rechazado… y yo no tenía ni lo uno ni lo otro con Silvia.

En septiembre del año pasado volví a encontrármela por la red. Me detuve un buen rato cautivado por su sonrisa, aquel brillo tan familiar de sus ojos, los recuerdos de mis años de estudiante… reconsideré seriamente la opción de agregarla (“Umm… ¿tendrá fotos en bikini?” :o P “No, no, que lo mismo con las gafas ni le suena mi cara de la Facultad, o me confunde con un alumno y voy a quedar fatal…” :-/)… pero me mantuve firme y la ignoré. Como vivo pendiente de otras cosas, fui de los últimos en enterarme de que Silvia había fallecido en verano. Una noticia -como su enfermedad- que resultó fulminante, incluso para los que no éramos íntimos suyos.

Hoy, tras recibir la entrañable noticia de que a instancia de sus amigos se ha creado un Premio al Compañerismo que lleva su nombre, he corrido a buscarla en la red social. Su perfil ya no estaba allí, o al menos yo no he acertado a encontrarlo :-( En un intento desesperado y absurdo de mostrarle mi sincero deseo de iniciar esa amistad que nunca tuvimos, me he pasado la noche buscándola por todas partes… he viajado incluso en el tiempo. Pero no he conseguido ni tan siquiera una simple fotografía suya que me sirva de consuelo. Ni rastro de ella… de su persona, digo… de algo que vaya más allá de las frías huellas que dejaremos todos en el DBLP y en las páginas institucionales.

A veces pienso en qué será de mis perfiles cuando muera. No creo que mi mujer (ni nadie) tenga ganas de indagar en mi disco duro para buscar las contraseñas y liarse a darme de baja de todas partes ¿no?. Además, pienso que ¿para qué?… seguro que es cuando recibo los mensajes más hermosos, hasta de aquellos que considero mis “peores” amigos. No quisiera que dichos mensajes les fueran devueltos a nadie. A veces, cuando doy vacaciones a mi egocentrismo, pienso incluso en los perfiles de Facebook de todos los demás. En los perfiles de aquellos que ya están muertos, me refiero. ¿Cuántos habrá, Dios mío?… ¿cuántos llegará a haber?

Una vez escuché a alguien decir que Mark Zuckerberg se ocupa personalmente de los registros de aquellos usuarios que han fallecido. Desde 2005 dirige un equipo que se encarga de contactar con los familiares para conocer sus últimos deseos sobre el destino de todos los datos personales del difunto, de su información vital, y les ayudan a recuperar, buceando en su gran base de datos, todos aquellas notificaciones no leídas por el difunto o comentarios escritos que por algún error no se llegaron a enviar. Escuché a alguien decir que Zuckerberg nunca ha permitido que se destruya ninguno de esos registros, y que ha creado incluso una red social paralela en la que los guarda uno a uno, conectados con él -que de alguna forma les vincula a nosotros- y conectados también todos con todos entre sí. Como tiene medios y tiempo libre, el creador de Facebook dedica un rato cada noche a completar algunos de los campos que estos usuarios dejaron vacíos, les etiqueta en todas las fotos donde aparecen, y les mantiene sus cuentas a cero, siempre limpias de spam.

Hay quien me ha dicho que es de estúpidos tragarse una historia así, pero yo creo que es verdad. ¿Cómo podría vivir pensando que el día en que me muera mi perfil será eliminado sin más? ¿Para qué entonces esforzarme en generar y compartir tantas experiencias? Fotos, videos, chistes reenviados cientos de veces, miles de comentarios a lo que dicen otros, millones y millones de “me gustas”… Si todo esto va a desaparecer, ¿qué sentido tiene entonces Facebook? En serio. Prefiero pensar que algún día, cuando yo muera y la gente -incluso mi pobre mujer- se haya olvidado de mi perfil, nadie lo borrará. No, Zuck no lo permitirá. En vez de eso, estoy convencido de que me llevará a la otra red, junto a todos los demás, y una vez allí, conectado a un solo grado de separación de todos aquellos que habitaron alguna vez la Web, sentiré paz y alivio. Silvia, tú y yo seremos, al fin… “amigos”.

Las puertas de las terrazas las carga el diablo. Nuestra madre cuenta, cuando se le da la oportunidad, que cuando teníamos cuatro años se nos ocurrió la feliz idea de cerrar la puerta de la terraza mientras ella, fuera, tendía. Depende de cómo tenga el día, a veces en la historia nos fuimos a jugar y nos olvidamos de nuestra broma. Otras veces la mirábamos a través del cristal y nos sonreíamos, mientras ella cariñosamente intentaba convencernos de que volviéramos a abrirla. En cualquier caso, aquella “batallita de la abuela” siempre acaba igual: nuestra madre gritando desde un cuarto piso a las vecinas que pasaban, hasta que alguien la oyó, subió y la liberó. Menos mal que siempre fuimos niños muy coherentes: al igual que ignoramos sus súplicas para que la abriéramos la puerta de la terraza, también ignoramos sus consejos de que cuando sonara el timbre, nunca abriéramos a nadie.

Hoy después de cenar, a eso de las 11 de la noche, me he preparado como postre un Cola Cao con tostadas. Tengo un tostador un poco traicionero, que tiende a… tostar en exceso si no me ando con mucho ojo, algo que no hago habitualmente. Hoy no ha sido una excepción, de manera que la cocina se ha llenado de humo. Para evitar que la casa se llenara de olor a pan quemado, raudo he cerrado la puerta de la cocina, y he abierto la del tendedero que da al patio vecinal. Tras salvar lo que quedaba de mis tostadas, me he dado cuenta de que mi operación de desahumado estaba siendo fallida porque la ventana del tendedero estaba cerrada. De modo que, he salido y…

No, amigos no. No estoy escribiendo este post encerrado en el tendedero, tirando de batería del portátil como ya hiciera Mogur en un ascensor. Aquella leyenda de la familia está demasiado impregnada en nuestras vidas, de modo que una de las primeras cosas que se hace en todas las casas que se habitan es desmontar el cierre de una de las puertas de todas las terrazas para evitar disgustos y cristales rotos. Por tanto, siento desilusionar a los lectores que esperaban que estuviera congelándome a la espera de alguien que me salvara.

Pero no en todas las familias existen las mismas leyendas. De modo que lo que ha ocurrido ha sido que, al salir al tendedero, he oído una voz femenina.

  • “¡Oye! ¡El de enfrente! ¿Nos oyes? ¡Ayúdanos!”
  • “Uuurrrmmmhhhh??”

Me he asomado y al fondo había un tendedero con luz, y, parecía, tres personas en él. Vaya… ¿a quién hablarán? Y me he vuelto a meter a por mi Cola Cao. Pero claro, estamos en Navidad, y uno debe ser solidario. ¿Y si me hablaban a mí? De modo que he vuelto a salir…

  • “¿Hola? ¿Nos oyes?”
  • “Mmmmm… ¿¿síi??” – todavía dudaba de que me hablaran a mí.
  • “¡¡Eehh!! ¡¡Ayúdanos!! ¡Que estamos encerrados en el lavadero!”

Cómo cambia el cuento, y qué mayor me estoy haciendo. Estaba a punto de convertirme en el vecino salvador. Creo que el papel de niño encierra-madres es mucho más divertido.

  • “¡Ah! ¡Vaya!” – voz como un témpano de hielo, ocultando las ganas de reírme que luchaban por salir – “Y… ¿cómo puedo ayudaros?”
  • “¡¡¡Llama a mis padres y que vengan a por nosotros, que tienen llaves!!!”
  • “Vale, voy a por un papel y un lápiz para apuntar el número de teléfono”

Raudo y veloz, que se me enfriaba el Cola Cao, he ido a por algo donde apuntar, he tomado nota del móvil que me daban y he llamado. Tras el primer tono, empieza a sonar el “Pam Pam Americano”. Caray, qué padres más modernos.

Sí; serán muy modernos. Pero no lo cogen.

Lo intento de nuevo.

No lo cogen.

Vuelvo al tendedero.

  • “Chicos; no lo cogen”
  • “¡Espera, espera! ¡Que te doy otro número de teléfono!” – dice esta vez una voz masculina – “Llama a mis padres, y les dices que llamen a los padres de <NombreFalso>Andrea</NombreFalso>, y que vengan a sacarnos de aquí”

Esta vez era un teléfono fijo. Es de esperar que haya más suerte… ¡bingo! Lo coge una mujer.

  • “Buenas noches, siento llamarla a estas horas de la noche, soy… eerrghhh…”

Tras hacerme entender, la mujer no consigue ahogar la risa que yo disimulé en la distancia. Uno debe ser respetuoso con los vecinos, pero una madre tiene la libertad de reírse todo lo que quiera de su hijo encerrado en una terraza, faltaría más (¿no lo hice yo de pequeño, pero al revés?). El lado del salvador, cuando hay confianza, parece también tener su lado divertido, después de todo. La mujer promete ponerse en contacto con los padres de Andrea y solucionar el tema.

Vuelvo a la terraza a gritar “Chicos, estáis salvados. Ya vienen a rescataros”. El patio vecinal se llena de suspiros de alivio. Después de todo, podrán dormir calientes, es para alegrarse.

Vuelvo a mi cola cao y mis tostadas. Ya metido en mi papel de vecino solidario me pregunto… ¿seguro que estará resuelto? ¿Y si esta buena mujer no ha podido contactar con los padres de Andrea? ¿Y si los padres de Andrea están, pongamos, de fiesta y no tienen las llaves de la casa de su hija? ¿Y si está esta buena señora preguntándose por qué no me habrá pedido el teléfono para que diga a los encerrados que en realidad no tienen salvador, y que más vale que vayan rompiendo el cristal de la puerta de la terraza?
De modo que, por si acaso, vuelvo a llamar.

  • “Hola, soy yo otra vez. Era por si había habido algún problema, o qué se yo, y querías que les dijera algo…”
  • “Ah, no, muchas gracias. Puedes comunicarles que los padres de Andrea ya van para allá. Nosotros también tenemos llave en cualquier caso, pero ellos viven más cerca, y han dicho que salían inmediatamente, de modo que llegarán enseguida”

Vuelvo a salir al tendedero, y les doy las últimas noticias. Poco después, me asomo y ya no están. Parece que los rescatadores han llegado, y la historia ha tenido, como la de nuestra infancia, también final feliz.

Me lo agradecieron mucho desde su cárcel de cristal. No hay de qué. Es Navidad. Además, hay que ser agradecido; aunque la probabilidad sea baja, al fin y al cabo no se puede descartar la posibilidad de que este post se esté escribiendo a través de su ADSL…

Querido Ndugu,

Ahora que ya quedan apenas unos minutos para que se termine el reto, te voy a contar hasta dónde hemos llegado los teclarios en el reto lanzado en la página web http://canyoucrackit.co.uk/. Cuando leas esto no sé que aparecerá en la página, pero ahora mismo lo que yo veo es esto:

Captura de http://canyoucrackit.co.uk al final del 12/12/2011

con el “time remaining” bajando a un segundo por segundo.

La página me la descubrieron unos alumnos hace algo más de una semana un día de laboratorio en el que ni ellos ni yo teníamos muchas ganas de dedicar tiempo a la práctica de Java que supuestamente tenían que hacer (y yo explicar)…

Así que me puse manos a la obra. Ellos (aspirantes a informáticos, pero también a matemáticos) al ver números ya estaban hablando de hacer un análisis de las apariciones, probabilidades y demás historias. Yo, teclario informático de pro (con afición en las matemáticas, pero nada más) al ver la secuencia de números pensé “estos números son algo en little-endian y tiene la pinta de código máquina”. Así que estuvimos trasteando un rato en el laboratorio; el tiempo dió para poco (además, había que compaginarlo con resolver las dudas a otros alumnos…), pero luego seguí dandole vueltas al asunto. Por motivos que no vienen al caso el año pasado volví a ponerme el gorro de programador de bajo nivel y estuve trasteando con la ingeniería inversa a partir de código máquina, así que dispongo de una licencia del mejor desensamblador que conozco: el IDA Pro.

Con el desensamblador pude entender la mayor parte del código. En realidad no es algo demasiado enrevesado que intente luchar contra la ingeniería inversa: un par de saltos y nop por el medio y un pop esp poco habitual que hace que la rutina no pueda volver. También salta a la vista que la rutina está pensada para ser ejecutada en Linux, porque termina con un int 80h. De todas formas, el resto del código es independiente de Linux o Windows, así que Visual Studio en mano, me puse a ejecutar el código (cargándolo en un Heap creado con derecho de ejecución…), una vez que había comprobado con el IDA que aquello era seguro ;)

Las conclusiones fueron… desconcertantes. El código NO estaba completo. Claramente era una rutina que desencriptaba un mensaje que NO estaba. La rutina esperaba que justo después del último byte publicado:

  • Aparecieran cuatro bytes 0x42 0x42 0x42 0x42.
  • Después cuatro bytes con el tamaño del mensaje a desencriptar.
  • Por último, el mensaje cifrado.

La rutina deja el resultado final… como “variable local” en la pila (tras una tabla de descifrado que construye durante la ejecución).

En fin, Ndugu, una pequeña decepción. ¡Después de la intriga me quedaba sin saberlo! Asumí que el texto “The challenge continues” que aparece en la página significaba que cuando terminara la cuenta atrás aparecería el mensaje cifrado… y me olvidé….

… hasta unas pocas horas después, cuando me di cuenta de que si no daban todos los datos… ¿por qué podías meter la contraseña? Mi mente ya no daba más de sí, así que pedí ayuda a Google, y lo que ví me hizo pensar en la famosa canción del “ey, Manolete, si no sabes torear p’a qué te metes”. Resulta que la página… es de los servicios de inteligencia británicos que la han puesto para buscar futuros trabajadores, a modo de prueba. Un artículo en The Telegraph da los detalles.

Querido Ndugu, eso ya se me viene grande. Yo no tengo pretensiones de ser espía, ni cualidades para lograrlo. De haber sabido al principio de qué iba la historia no habría intentado descrifrar ni siquiera el primer paso para el que mi intelecto sí tenía alcance. Ahora ya sé (por las pistas que da el artículo de The Telegraph) que el mensaje a descifrar está escondido entre los metadatos del PNG que contiene el código. Y lo confirmo, está ahí. Pero su descifrado luego te lleva a una segunda fase, y luego a una tercera hasta dar con la clave. Pero yo me planto antes. Me lo pasé bien haciendo la ingeniería inversa, pero no me ví con fuerzas de mucho más.

Yo no quiero ser espía.

P.D.: Tic, tac, tic, tac, … ya sólo quedan 54 minutos…

Nunca antes me había fijado en ese sello de piedra en la calzada. Está en la Casa de Campo, en el carril bici, un poco más allá del Puente de los Franceses. Me ha recordado a ese gran sello que aparece en Indiana Jones y la última cruzada, ese que impedía que el caliz saliese del lugar en el que descansaba, del que no debía salir. Pero hoy lo he visto.

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