Google se puede usar para muchas cosas. No sé si entre la infinidad de trucos que se pueden encontrar, alguien habrá tenido en cuenta que también sirve para medir el nivel de inglés de una población…
Las puertas de las terrazas las carga el diablo. Nuestra madre cuenta, cuando se le da la oportunidad, que cuando teníamos cuatro años se nos ocurrió la feliz idea de cerrar la puerta de la terraza mientras ella, fuera, tendía. Depende de cómo tenga el día, a veces en la historia nos fuimos a jugar y nos olvidamos de nuestra broma. Otras veces la mirábamos a través del cristal y nos sonreíamos, mientras ella cariñosamente intentaba convencernos de que volviéramos a abrirla. En cualquier caso, aquella “batallita de la abuela” siempre acaba igual: nuestra madre gritando desde un cuarto piso a las vecinas que pasaban, hasta que alguien la oyó, subió y la liberó. Menos mal que siempre fuimos niños muy coherentes: al igual que ignoramos sus súplicas para que la abriéramos la puerta de la terraza, también ignoramos sus consejos de que cuando sonara el timbre, nunca abriéramos a nadie.
Hoy después de cenar, a eso de las 11 de la noche, me he preparado como postre un Cola Cao con tostadas. Tengo un tostador un poco traicionero, que tiende a… tostar en exceso si no me ando con mucho ojo, algo que no hago habitualmente. Hoy no ha sido una excepción, de manera que la cocina se ha llenado de humo. Para evitar que la casa se llenara de olor a pan quemado, raudo he cerrado la puerta de la cocina, y he abierto la del tendedero que da al patio vecinal. Tras salvar lo que quedaba de mis tostadas, me he dado cuenta de que mi operación de desahumado estaba siendo fallida porque la ventana del tendedero estaba cerrada. De modo que, he salido y…
No, amigos no. No estoy escribiendo este post encerrado en el tendedero, tirando de batería del portátil como ya hiciera Mogur en un ascensor. Aquella leyenda de la familia está demasiado impregnada en nuestras vidas, de modo que una de las primeras cosas que se hace en todas las casas que se habitan es desmontar el cierre de una de las puertas de todas las terrazas para evitar disgustos y cristales rotos. Por tanto, siento desilusionar a los lectores que esperaban que estuviera congelándome a la espera de alguien que me salvara.
Pero no en todas las familias existen las mismas leyendas. De modo que lo que ha ocurrido ha sido que, al salir al tendedero, he oído una voz femenina.
- “¡Oye! ¡El de enfrente! ¿Nos oyes? ¡Ayúdanos!”
- “Uuurrrmmmhhhh??”
Me he asomado y al fondo había un tendedero con luz, y, parecía, tres personas en él. Vaya… ¿a quién hablarán? Y me he vuelto a meter a por mi Cola Cao. Pero claro, estamos en Navidad, y uno debe ser solidario. ¿Y si me hablaban a mí? De modo que he vuelto a salir…
- “¿Hola? ¿Nos oyes?”
- “Mmmmm… ¿¿síi??” – todavía dudaba de que me hablaran a mí.
- “¡¡Eehh!! ¡¡Ayúdanos!! ¡Que estamos encerrados en el lavadero!”
Cómo cambia el cuento, y qué mayor me estoy haciendo. Estaba a punto de convertirme en el vecino salvador. Creo que el papel de niño encierra-madres es mucho más divertido.
- “¡Ah! ¡Vaya!” – voz como un témpano de hielo, ocultando las ganas de reírme que luchaban por salir – “Y… ¿cómo puedo ayudaros?”
- “¡¡¡Llama a mis padres y que vengan a por nosotros, que tienen llaves!!!”
- “Vale, voy a por un papel y un lápiz para apuntar el número de teléfono”
Raudo y veloz, que se me enfriaba el Cola Cao, he ido a por algo donde apuntar, he tomado nota del móvil que me daban y he llamado. Tras el primer tono, empieza a sonar el “Pam Pam Americano”. Caray, qué padres más modernos.
Sí; serán muy modernos. Pero no lo cogen.
Lo intento de nuevo.
No lo cogen.
Vuelvo al tendedero.
- “Chicos; no lo cogen”
- “¡Espera, espera! ¡Que te doy otro número de teléfono!” – dice esta vez una voz masculina – “Llama a mis padres, y les dices que llamen a los padres de <NombreFalso>Andrea</NombreFalso>, y que vengan a sacarnos de aquí”
Esta vez era un teléfono fijo. Es de esperar que haya más suerte… ¡bingo! Lo coge una mujer.
- “Buenas noches, siento llamarla a estas horas de la noche, soy… eerrghhh…”
Tras hacerme entender, la mujer no consigue ahogar la risa que yo disimulé en la distancia. Uno debe ser respetuoso con los vecinos, pero una madre tiene la libertad de reírse todo lo que quiera de su hijo encerrado en una terraza, faltaría más (¿no lo hice yo de pequeño, pero al revés?). El lado del salvador, cuando hay confianza, parece también tener su lado divertido, después de todo. La mujer promete ponerse en contacto con los padres de Andrea y solucionar el tema.
Vuelvo a la terraza a gritar “Chicos, estáis salvados. Ya vienen a rescataros”. El patio vecinal se llena de suspiros de alivio. Después de todo, podrán dormir calientes, es para alegrarse.
Vuelvo a mi cola cao y mis tostadas. Ya metido en mi papel de vecino solidario me pregunto… ¿seguro que estará resuelto? ¿Y si esta buena mujer no ha podido contactar con los padres de Andrea? ¿Y si los padres de Andrea están, pongamos, de fiesta y no tienen las llaves de la casa de su hija? ¿Y si está esta buena señora preguntándose por qué no me habrá pedido el teléfono para que diga a los encerrados que en realidad no tienen salvador, y que más vale que vayan rompiendo el cristal de la puerta de la terraza?
De modo que, por si acaso, vuelvo a llamar.
- “Hola, soy yo otra vez. Era por si había habido algún problema, o qué se yo, y querías que les dijera algo…”
- “Ah, no, muchas gracias. Puedes comunicarles que los padres de Andrea ya van para allá. Nosotros también tenemos llave en cualquier caso, pero ellos viven más cerca, y han dicho que salían inmediatamente, de modo que llegarán enseguida”
Vuelvo a salir al tendedero, y les doy las últimas noticias. Poco después, me asomo y ya no están. Parece que los rescatadores han llegado, y la historia ha tenido, como la de nuestra infancia, también final feliz.
Me lo agradecieron mucho desde su cárcel de cristal. No hay de qué. Es Navidad. Además, hay que ser agradecido; aunque la probabilidad sea baja, al fin y al cabo no se puede descartar la posibilidad de que este post se esté escribiendo a través de su ADSL…
Querida Kitty,
En mis días por Atlanta, no podía dejar pasar la oportunidad de visitar las, en general, pocas cosas que esta ciudad olímpica nos ofrece.
Una amiga me envió el enlace a diddit, una página Web con la lista de lugares imprescindibles a visitar en diferentes ciudades del mundo (quizá enfocado principalmente en Estados Unidos, porque de Madrid vienen 7, con la FNAC por encima del Palacio Real o el Reina Sofía… y sin rastro de Barcelona, Toledo o Granada…).
El caso es que de Atlanta vienen 10… de los que destacan el “Georgia Aquarium“, el acuario más grande del mundo, situado en la misma plaza (y financiado por, creo) el “Mundo de Coca-Cola“, un museo dedicado a dicha bebida, que fue creada por John S. Pemberton en 1885. También están relativamente cerca el parque de atracciones “Six flags over Georgia” con unas montañas rusas que estoy deseando probar, y el “Stone Mountain Park“, un parque natural montado alrededor de un pedrolo de granito de 251 metros de altura y 8 kilómetros de circunferencia, con el bajorelieve más grande del mundo, de 12.000 metros cuadrados (entre dos y tres campos de futbol). Si unimos a todo esto algunos estadios, el parque olímpico, el Fox theatre y el CNN Center (un inmenso recinto con restaurantes de comida rápida situado entre los edificios de la CNN), la lista llega a 10 con mucho esfuerzo.
Increíblemente, se olvidan del King Center, dedicado a Martin Luther King Jr, que nació y vivió en Atlanta y que sí aparece en muchas otras guías sobre Atlanta. Lo que no aparece en ninguna, sin embargo, es una “exhibición” que aquí en Atlanta va de la mano de la archiconocida Bodies, y que se conoce internacionalmente como Dialogue in the Dark (Dialog in the Dark en Estados Unidos).

Nos habían hablado bien de ella, a si es que fuimos dos amigos y yo para allá, con nuestras flamantes bicis. Por el camino, tuvimos que preguntar a la que parecía una familia de indios, con los dos padres cercanos a la jubilación y su hijo. Amablemente nos indicaron dónde estaba, y entre alguna que otra vuelta inútil y aparcar las bicis, cuando llegamos a la taquilla nos encontramos a los tres a los que acabábamos de preguntar comprando sus entradas para el mismo sitio donde nosotros íbamos.
Al ir a pagar… su tarjeta de crédito no funcionó, y tuvieron que marcharse a sacar dinero. Mientras, fuimos a sacar nosotros tres la entrada, y se dio la peculiar situación de que… sólo quedaba aforo para 5 personas, y 3 entradas estaban aún bloqueadas por la familia anterior. Por tanto, tuvimos que esperar a que las desbloquearan, y en ese rato, volvieron los tres indios, que religiosamente volvieron a colocarse en la fila detrás de nosotros…
La taquillera les avisó que sólo quedarían dos entradas para ellos, porque sus tres nos las íbamos a llevar nosotros. Y claro… fue un tanto incómodo
Además, nosotros también pagamos con tarjeta, a si es que se quedaron ojo avizor a ver si el problema había sido de su tarjeta o del lector y a nosotros tampoco nos funcionaba… Finalmente se dieron por vencidos y dijeron que volverían otro día, mientras, desagradecidos, nosotros nos hacíamos los guiris simulando que no entendíamos.
En cualquier caso, y volviendo a lo importante, al entrar te dan la bienvenida … un montón de, literalmente, bastones de ciego:

Cada asistente debe coger uno, asegurarse de dejar en las taquillas cualquier cosa que emita luz (relojes, móviles…) y entrar en una zona en penumbra.
Una vez dentro, nos da la bienvenida una persona que nos dirige a unos asientos cúbicos iluminados por dentro. En un inglés infernal nos cuenta que la exhibición consiste en experimentar actividades cotidianas desde el punto de vista… de un ciego. De modo, que tendremos un guía profesional que nos hará recorrer diferentes lugares, y nos pondrá a prueba. Nos da unas breves instrucciones sobre el uso del bastón, y nos abandona, mientras las luces de los asientos se van difuminando cada vez más hasta llegar a la más absoluta oscuridad.
En ese momento se oye a nuestro guía, con un inglés negro difícil de seguir. No hemos perdido solo el sentido de la vista, sino también prácticamente el del lenguaje…. ¡¿pero dónde aprende a hablar esta gente?!
El caso es que, en la más completa oscuridad, nos va llevando por los diferentes lugares que se recrean en la exhibición: un supermercado, donde podemos tocar y oler la fruta, latas, y otros productos, para terminar pasando por la caja registradora. También paseamos por un parque, con unos bancos que resultan muy difíciles de encontrar, subimos a un barco que se mueve y que casi te marea al no tener referencias visuales, y también a una concurrente calle donde se oyen coches por todos los lados, y un trino salvador que te indica cuando y por dónde puedes cruzar.
La exhibición acaba en un bar, donde tenemos que buscar la barra y nos atiende un amable camarero donde podemos comprar y pagar bebida (de verdad), y luego buscar un lugar donde sentarnos. Hasta este momento, el grupo era de unas 10 personas junto con el guía… que es mucha gente dando palos de ciego, la verdad. En el bar, sin embargo, la cosa se pone peor, porque se juntan otros grupos más que han hecho rutas diferentes, por lo que supone algo más de agobio.
Al final, el grupo inicial acabamos sentados con nuestro guía, conversando, lo que da nombre a la exhibición y su “Diálogo en la oscuridad”. El guía nos cuenta que… de hecho es ciego. Cosa que resulta increíble, porque en algunos momentos algunos terminamos completamente perdidos y el tipo sabía dónde encontrarnos (yo llegué a pensar si tendría algún tipo de gafas de visión nocturna o algo). El diálogo se centra por tanto en preguntas sobre su vida diaria, una vez que todos nosotros hemos experimentado lo que para él es el día a día.
La experiencia es inolvidable y no se puede expresar con palabras la desorientación que se siente. Parece que la idea nació en Alemania a finales de la década de los 80, y desde entonces se ha ido expandiendo y está en varias ciudades alrededor del mundo (a España no ha llegado). Lo verdaderamente bonito es la actividad social que ocasiona, pues da trabajo a un montón de gente ciega que se convierten en guías de videntes, en lugar de necesitar a videntes guía. Una de las asistentes mencionó en el bar (a oscuras) que también en Alemania había surgido una idea similar llamada “Eating in the dark”, consistente en restaurantes en los que se comía completamente a oscuras (también con camareros ciegos). Esto no sólo sirve para mostrar las dificultades, sino también lo que intimida llevarse a la boca algo que no se sabe lo que es, y, sobre todo, dejar que sea el gusto y el olfato el que te guíe y puedas concentrarte en los sabores al no tener imágenes que te despisten.
Por tanto, si en vuestros viajes caéis en en alguna de las ciudades donde se puede asistir a Dialogue in the Dark, os recomiendo que no dejéis pasar la oportunidad de ir. Y ya de paso, preguntad a vuestro guía cómo sueña un ciego, que a nosotros se nos ocurrió demasiado tarde.
Para los que no podáis asistir, os dejo una foto:

Lástima que no me dejaran usar el flash.
Diario de Rorschach, 20 de Julio de 2009:
Me cuentan que en el panorama de las descargas directas hay tres actores principales: MegaUpload, GigaSize y RapidShare. Todos proporcionan un uso gratuito (y limitado) y otro de pago (y sin restricciones). Aunque varía con la localización geográfica, normalmente sólo permiten una descarga simultánea, y algunos tiempos de espera entre descargas. Por ejemplo, los dos primeros te fuerzan a esperar cosa de un minuto antes de poder comenzar la descarga. El último es mucho más estricto: aparte de esa espera, te exige un tiempo de nada más y nada menos que 15 minutos para realizar una segunda descarga.
Como ocurre en estos casos, el amigo de un amigo quería bajarse precisamente de RapidShare (el de los 15 minutos entre descargas) varios ficheros. Con paciencia y unas cañas no hay problema… pero si el número de ficheros asciende a nada más y nada menos que 400, la cosa se convierte en inmanejable. En realidad, si no hay prisa para la descarga, de nuevo, no hay problema por hacerla… pero es demasiado laborioso. Además, mi amigo me contaba que le resultaba muy agobiante tener que andar pendiente de si habían ya pasado los 15 minutos de espera y podía poner el siguiente.
De modo que me pidió ayuda…
De un rápido vistazo es fácil darse cuenta de que RapidShare es el único de los tres que no tiene captcha, esos pequeños retos de letras retorcidas que sirven para averiguar si el solicitante de la página (o servicio) es o no humano. A si es que… gotcha! ¿Habría alguna manera de automatizar las descargas? Dado que no hay prisa (mi amigo no necesitaba esquivar la limitación de los 15 minutos) ¿podría hacerse algún programita para conseguir que los 400 enlaces se bajaran solos?
Con mi sombrero de analizador de aplicaciones Web y un diccionario de alemán, me cargué de paciencia y empecé…
Cuando se introduce la URL de la descarga directa, RapidShare nos saluda con:

Si se analiza el .html veremos que el botón “Free user” está en un formulario, que invoca a una URL de un mirror de RapidShare con el parámetro dl.start=Free. Por tanto, el primer paso de nuestro programilla es ir a la página del enlace original, buscar la URL del formulario (un simple grep servirá), y llamar a la URL usando el método Post de HTTP con el parámetro anterior.
Tras pulsar el botón, un usuario normal, verá la segunda página:

En ella se exige una espera determinada, cuya longitud depende del tamaño del fichero solicitado. Si miramos en Matrix (esto… en el html) veremos que toda esta página está programada con JavaScript. Cuanto termina el contador, el html se automodifica y nos deja ver un botón de descarga, e incluso elegir el servidor espejo del que descargárnoslo. El código del botón, y las opciones de los servidores lo tenemos en realidad desde el principio en el .html, por lo que nuestro programilla podría leerlo sin la espera. Sin embargo, los servidores se comunican entre sí, y si nos vamos directamente al servidor del fichero éste nos dirá que necesitamos JavaScript en nuestro navegador al haber podido pulsar el botón sin hacer la espera
Por tanto, lo que tenemos que hacer en nuestro programa es sacar el tiempo y esperar. Para eso basta buscar var c= y mirar el valor asignado, que será justo el tiempo inicial de espera en segundos. De nuevo, un grep y un poco de magia de expresiones regulares son suficiente para sarcalo.
Una vez hecha la espera, un usuario normal verá la página completa, para realizar la descarga:

Si se pulsa el “+” a la izquierda de “Advanced download settings” aparecen un grupo de botones de radio para elegir el servidor espejo del que descargarse el fichero, aunque normalmente el marcado automáticamente (elegido por RapidShare) será el que se use.
Nuestro programa debe extraer del .html (y de los botones de radio) la URL para comenzar la descarga. Para eso, lo sacamos de las líneas:
'<input type="radio" name="mirror" onclick="... [mirror] ... " >
del formulario de elección del servidor. Si queremos escoger el que RapidShare nos ha propuesto, podemos buscar la cadena checked para saber cual estaba marcado.
Una vez elegido, saltamos a él. Pero, de nuevo, el botón está en un formulario, y la solicitud de descarga debe hacerse con Post. Ahora los parámetros son mirror=on&x=32&y=64 y listo. El servidor nos enviará sin más problemas el fichero.
Ten en cuenta, que en ocasiones la segunda página (la de la cuenta atrás) no nos llega así, sino con un error, bien porque tenemos que esperar 15 minutos hasta la siguiente descarga, bien porque no tenemos “slot de descarga” libre y nos toca esperar dos minutos a ver si hay más suerte la próxima vez. En ambos casos, nuestro programa debería salir limpiamente.
Una vez terminado, es suficiente con invocarlo un montón de veces, uno por cada URL que tengamos. Lo metemos en un script que espere 15 minutos entre invocaciones, y nos vamos a dormir.
Mi amigo me dice que anoche se bajó ya los 30 primeros enlaces.


