Querido Ndugu,
Los aspectos del calendario siempre me han llamado la atención. Recuerdo de niño como uno de mis tíos nos contaba con orgullo que había construido un calendario perpetuo que le permitía sacar en qué día de la semana caería cualquier día en los próximos no se cuántos miles de años. Las tablas que había construido con su máquina de escribir eran una demostración no sólo de su inteligencia ideando su método (lo hizo él desde cero) sino de su paciencia exprimiendo al máximo lo que se podía hacer con una de aquellas máquinas de escribir en las que hacer una tabla debía ser un martirio, y escribir en varias columnas poco menos que imposible. Su calendario perpetuo tenía como 7 tablas por una cara y dos o tres por la otra, escritas a dos columnas.
Gracias a sus explicaciones, cuando llegó el momento de programar la repetida función de decir si una fecha es válida o no, no tuvieron que explicarme la regla de los dos ceros famosa. No sólo nos sabíamos la regla, también la diferencia entre el calendario juliano y el gregoriano, en qué concilio se aprobó el cambio de calendario.
Todo eso suena a una batallita del abuelo, una historia pre-internet. Ahora los niños no podrán saborear ese misticismo con el que nosotros veíamos aquel folio lleno de letras mayúsculas y minúsculas mientras nos preguntábamos dónde habría aprendido los acuerdos a los que se llegaron en el concilio de Trento y qué tenía que ver el concilio de Nicea con el calendario juliano. Ahora tenemos al alcance de la mano toda esa información.
Pero de aquel calendario, lo que más nos llamaba la atención era el cambio entre el calendario juliano y el gregoriano. Aquello de que en 1582 hubo diez días que nunca existieron, que del Jueves 4 de Octubre se pasó al Viernes 15 de Octubre. ¿Cómo se pudo poner a tanta gente de acuerdo para cambiar de día (italianos, portugueses, españoles y polacos) en una época donde las comunicaciones estaban tan limitadas? ¡Qué cosa tan rara debe sentirse, acostándose el día 4 y levantándose el día 15!
Pero que me voy por las ramas, y se me acaba el tiempo, como ya me ocurriera con otro post. Hoy, día 30 de Diciembre de 2011, es un día histórico. Porque en Samoa, en el archipiélago de la Polinesia en el Pacífico sur, hoy no ha existido. Se lo han saltado por decreto. Resulta que están ahí cerca de la línea internacional de cambio de fecha y estaban hartos de estar al otro lado de Australia y Nueva Zelanda: si querían contactar con ellos los viernes para intercambios comerciales, no les cogían el teléfono, porque para los australianos ya era Sábado. Así que ni cortos ni perezosos, se han saltado un día y asunto arreglado. Eso tiene una implicación para nosotros teclarios. Se acabó eso de ver en un deadline una fecha etiquetada con el “Samoa time”, porque ahora no son los últimos en salir, sino los primeros en entrar. Y es que en realidad, yo tengo otra teoría del cambio. Estaban cansados de ser los últimos en entrar en el nuevo año y han decidido pasar a ser los primeros.
Como no podía ser de otra forma, la Wikipedia ya se hace eco del cambio y en la página sobre husos horarios ya aparece el nuevo mapa. Lo que choca es ver el pie de la imagen: “Husos horarios estándares desde el 30 de diciembre de 2011″. Curioso. El cambio que ha provocado Samoa entra en vigor un día que para los propios samoanos nunca existió.
Quiero dedicar mi última frase del post para felicitar (desde el día 30 de Diciembre) a todos aquellos habitantes de Samoa que cumplían años hoy. ¡Felicidades!




