Archive for May, 2009

Kindle bueno (pero caro)

Sunday, May 31st, 2009

Hace un par de semanas Amazon sacó a la venta la nueva versión de Kindle, su… ¿cómo demonios llamarlo? ¿lector? ¿mostrador? mmmmm, digámosle soporte para libros electrónicos. Se trata de un dispositivo de tinta electrónica que permite mostrar libros y documentos pdf. Las principales kindlenovedades respecto a la versión anterior es que aumenta de tamaño hasta las 9,7″, y de capacidad hasta los 3500 libros (da para almacenar los libros de toda una vida, salvo que seas un lector compulsivo); además, la pantalla rota de forma automática. El nuevo Kindle mantiene la conexión 3G, la cual solo sirve para descargar los libros y los periódicos, y la opción de recitar los libros con su seductora voz (muy útil si añoras los tiempos en los que mamá te leía un cuento antes de irte a la cama). Con este Kindle de mayor tamaño, Amazon pretende ocupar no solo el nicho de los libros de lectura, sino también el de los periódicos, los documentos técnicos y los libros de texto.

Particularmente, creo que me sentiría un poco raro leyendo una novela en un bicho de estos, sin agarrar el libro como Dios manda y sin poder pasar físicamente las páginas. Recuerdo haber leído que un libro tiene el mecanismo de una puerta y que requiere de ti que lo abras y que entres, mientras que la tele es una ventana que muestra cosas, aunque tú no la prestes atención. Con el Kindle esta bonita comparación se va al carajo, porque la puerta sería algo así como sin bisagras y electrónica y no, no, no, ya no sería lo mismo. Soy bastante clásico para estas cosas, lo reconozco. Pienso que los objetos físicos tienen un encanto difícil de batir por sus hermanos electrónicos. Ahora, cuando vas a casa de alguien, ya no tienes rastro de las pelis que ve, ni de los discos que escucha. Si desapareciesen también los libros, ¿qué nos quedaría para fisgar? ¿el disco duro?

En fin, chorradas al margen, donde si veo que este tipo de aparatos son muy útiles para un teclario es para la lectura de los artículos científicos. Ahí sí lo tengo claro: ¡Kindle, te necesito! Soy del todo incapaz de leer un artículo en la pantalla fija del ordenador, sin poder agarrarlo con las manos o acercármelo a la cara (especialmente cuando no entiendo algo). Por ello, acabo imprimiendo un montón de artículos. Muchos casi ni los leo y acaban colapsando los archivadores o levantando montañitas sobre la mesa donde esperan ingenuamente ser retomados. Un dispositivo como el Kindle me simplificaría bastante la vida y me permitiría ahorrarle a la selva amazónica cerca de una hectárea al mes. Sin embargo, tras sopesar los pros y los contras, no me voy a hacer con uno (sorry, Amazonas).

La primera razón es que la gente de Amazon se ha subido a la parra con el precio: 485 dólares!!! Con ello, creo que pueden olvidarse de hacer negocio vendiéndo Kindle como soporte para libros de texto de colegios y universidades. Quizás el alto precio se explique porque Amazon pierde unos tres dólares por cada libro en soporte electrónico que vende, algo de locos. Para abaratar el coste de Kindle, algunos de los grandes periódicos americanos lo venderán a precio reducido junto con la suscripción a la versión electrónica de su diario, pero claro… ¿para qué querría yo suscribirme a The New York Times? Otra razón para descartar la compra del Kindle es que este dispositivo no tendría mucho recorrido en España donde no existen casi libros en formato e-book (aunque sí hay un mundo pirata emergente en formato pdf) y donde los periódicos todavía no tienen su versión en e-book. Y la tercera razón para decirle no al Kindle es que es un dispositivo muy rígido y con pocas funcionalidades para el uso que yo querría darle.

Mi Kindle ideal debería tener pantalla multitáctil y, algo fundamental para la lectura de artículos científicos y libros de texto, debería permitir escribir sobre la pantalla (con reconocimiento de escritura, a ser posible), de forma que las anotaciones se guardasen asociadas al texto que se está mostrando y se pudiesen superponer (o no) en el mismo. Si además el dispositivo incorporase también WiFi y un navegador para acceder a internet cómodamente desde la cama o el sofá (algo así ya existe por menos de 200 dólares), sería prácticamente perfecto y su valor se acercaría más a los 485 dólares que ahora cuesta. El público potencial de este dispositivo, no sólo sería la comunidad teclaria, sino cualquier oficina donde los informes en papel estén a la orden del día (es decir, cualquier oficina). El sueño de trabajar sin papelajos sería un poco menos loco y un poco más real.

Actualmente, aunque existen otras alternativas a Kindle (Sony Reader, Papyre, iRex…), ninguna ofrece, de momento, nada que se aproxime a mi ideal. Por tanto, toca esperar a que el mercado madure. Eso serán unos añitos más sobre el papel, me temo.

P.D. No pude evitar hacer la bromita chorra con el título del post. Alternativas como “Kindle sorpresa” o “Huevo Kindle” tenían peor encaje. ;)

La igualdad y la orientación a objetos

Friday, May 15th, 2009

Cuando vivíamos en el tranquilo mundo de la programación estructurada (incluso con C), era fácil saber que la igualdad era real. Por ejemplo ante la sentencia:

a = b;

Sabremos que el resultado de la expresión del lado derecho se asignará a la variable del lado izquierdo. Si por el camino tienes punteros, te da igual: se asignan los punteros y listo.

Pero cuando llega la orientación a objetos, la igualdad pasa a ser mucho más dudosa. De nuevo, ante el código:

a = b;

asignamos en el atributo a, el objeto b. Pero, ¿lo asignamos realmente? Si cambio el objeto b, ¿cambiará también el objeto a? En Java no soy consciente de los punteros (como lo era en la programación estructurada), y sin embargo, como todos sabemos, si cambio b, también cambia a.

Obviamente, el problema está en si la igualdad hace copia superficial o profunda. Pero, en realidad, no he venido hoy a hablar de eso. He venido a hablar de un tipo de igualdad que hoy está mucho más de moda. Un tipo de igualdad que también ha cambiado en el salto a la orientación a objetos (siendo estrictos, la anterior era asignación, no igualdad).

Y es que, en la programación estructurada, teníamos las variables, y las funciones. Ahora tenemos los objetos, los atributos, los métodos y los interfaces.

En el único sitio donde ellas permanecen es en las clases. Pero, en realidad, es una confabulación para engañarlas y tenerlas contentas. Porque todos seguimos pensando en masculino. Por eso hablamos de la clase padre.

Menos mal que nuestra ilustrísima Ministra de Igualdad no programa. O, al menos, no pasó de Pascal (claro, que si alguna vez aprendió a programar, seguro que lo hizo en Ada).

La misma canción: I hung my head

Thursday, May 7th, 2009

Una noche de mediados de la decada de los 90, Gordon Matthew Thomas Sumner tuvo una pesadilla extrañísima. En ella, Gordon cogía el rifle de su hermano y se subía a una colina. Desde allí, divisaba a un jinete solitario y, sin saber muy bien por qué, le disparaba con el rifle. El jinete caía fulminado. Gordon, dándose cuenta de lo que acababa de hacer, lanzaba el rifle a un arroyo y echaba a correr para despertarse de ese mal sueño. Al encontrarle, el sheriff le preguntaba que por qué corría tanto y él, desesperado, confesaba su crimen.  Al juicio asistía todo el pueblo. En él, Gordon, arrepentido de su crimen, pedía perdón, mientras deseaba estar muerto. La sentencia era consecuente con sus deseos: a la mañana siguiente, Gordon moría ahorcado en la colina. En aquel momento, Gordon divisaba al jinete que se acercaba hasta el pie de la horca y le subía a su caballo para cabalgar con él hasta el fin de los tiempos.

Al terminar la pesadilla, Gordon se levantó empapado en sudor y se rascó la cabeza. Aquello no tenía ni pies, ni cabeza. Él era más inglés que el té de las cinco y había tenido un sueño salido de una América profunda habitada por vaqueros. Por si fuera poco, no había disparado un rifle en su vida y se consideraba un pacifista convencido. Gordon, que era cantante, pensó que al menos el sueño podía servirle para escribir una canción. En realidad, a Gordon ni su madre le llama Gordon, así que le llamaremos por el nombre por el que todo el mundo le conoce: Sting. La canción que narra la historia del jinete se llamó I hung my head.

Quiero pensar que las cosas sucedieron o pudieron suceder así. Sea como fuera, I hung my head apareció en 1996 en el sting mercury fallingdisco Mercury Falling de Sting. Como otras muchas canciones de Sting, I hung my head es una canción de pop elegante con aroma reggae y unos arreglitos de saxofón que le dan un toque sofisticado. Sin embargo, es una curiosa anomalía dentro de la carrera de Sting: es una  murder ballad. Un genero de baladas que cuentan asesinatos e historias truculentas, en el que Sting no se había prodigado jamás (ni lo ha vuelto a hacer) y que, para qué engañarnos, le sienta como a un  Cristo dos pistolas. Mercury Falling no pasó a la historia como un buen disco de Sting y I hung my head cayó pronto en el olvido.

Varios años después, el productor Rick Rubin buscaba canciones para Johnny Cash. Rubin Rick Rubinestaba siendo el artíficie de la resurrección artística de un ya sexagenario y bastante cascado Cash. El improbable matrimonio entre el barbudo productor de rap y la crepuscular estrella del country estaba dando a luz a la  magnífica saga de las American Recordings. En ella, Cash acomodaba sus propias composiciones entre una serie de versiones de artistas de muy distinto pelaje (U2, Nine Inch Nails, The Beatles, Will Oldham, Simon y Garfunkel,  Beck, Nick Cave, Depeche Mode…). Rubin era el encargado de proveer a Cash de canciones y éste trabajaba sobre ellas hasta sentirlas como propias.

El buen olfato de Rubin le llevó hasta I hung my head. No era una magnífica canción, pero era una canción desaprovechada, una canción sin suerte. Rubin la desenterró del olvido y se la ofreció a Cash. Éste le sacudió el polvo, le quitó su sofisticado ropaje pop y le puso un bonito y sencillo vestido country. Como el resto  de las American Recordings, I hung my head fue producida de manera espartana: una guitarra, un piano, un órgano y la voz grave de Cash que, a punto de cumplir los setenta y sufriendo un intenso dolor físico, ya no sonaba como un trueno retumbando entre montañas, sino como la voz de un Dios que acumula el cansancio de los siglos. Y nada más… ¿para qué? Pese a lo austero de la producción, la canción luce mucho más bonita así. Como esas chicas que están más guapas sin maquillar.

Johnny Cash

I hung my head no es la mejor canción de las American Recordings, ni siquiera es la mejor canción de la cuarta entrega (ese honor corresponde a The man comes around o a Hurt). Sin embargo, su historia resulta curiosa porque, aunque fue malograda en un principio, tuvo una segunda vida. Sting no se atrevió o no fue capaz de darle a la canción los aires  countries que ésta pedía a gritos. Sin embargo, no podemos culparle porque el country es un género americano y Sting es inglés hasta la médula. Tan inglés que, como el mismo canta, se  siente como un pequeño extraterrestre en Nueva York. No vamos a pedirle peras al olmo.