Querido Ndugu,
Dice Sabina en una canción:
Yo que tú no bailaría
porque está triste Ramón.
¿Por qué está tan triste?
Porque está malito
¿Por qué está malito?
Porque está muy flaco
¿Por qué está tan flaco?
Porque tiene anemia
¿Por qué tiene anemia?
Porque come poco
¿Por qué come poco?
Porque está muy triste.
Que, además de recordar a la interminable secuencia de “por qués” de cuando éramos pequeñajos, supone un ejemplo de círculo vicioso del que no se puede salir.
Hay muchos otros ejemplos de circularidades. Por ejemplo, en lógica, se dice que un razonamiento circular es una falacia que demuestra que una proposición es cierta, gracias a que supone que es cierta (no os perdáis esta imagen de microsiervos que lo explica gráficamente).
Resulta curioso comprobar que la definición que da la Wikipedia es, precisamente, circular, porque en la definición incluye lo definido.
Para que los mortales entendamos bien lo que es el razonamiento circular, existe un chiste que lo explica:
Al acercarse el invierno, los indios de una tribu preguntaron a su nuevo jefe si el invierno que se acercaba iba a ser frío. Éste no había recibido las enseñanzas de los métodos ancestrales de su antecesor, por lo que no sabía qué contestar. Para cubrirse las espaldas, indicó que el invierno iba a ser frío, por lo que debían recoger leña.
No obstante, para no defraudar a su gente, el jefe llamó por teléfono al servicio de meteorología y les hizo la misma pregunta. “Si, parece que el próximo invierno será frío.” le contestaron.
Al tener ya la certeza de que iba a ser un invierno duro, avisó a la tribu para que se esforzaran en recoger la leña.
A los pocos días, al ver el trabajo que les estaba costando a los suyos la recogida, volvió a llamar al servicio de meteorología, para asegurarse de que seguían con las mismas previsiones. Cuál fue su sorpresa cuando no solo le confirmaron, sino que le advirtieron que “va a ser un invierno bastante frío”.
El jefe temeroso les dijo a sus hombres que recogieran hasta el último palito que encontraran.
A las pocas semanas, después de ver a sus hombres destrozados por el duro esfuerzo, volvió a asegurarse y llamó de nuevo:
-¿Será frío el invierno?
-Sin duda alguna, será uno de los inviernos más fríos de los últimos años – contestaron
-¿Y cómo pueden estar tan seguros?
-¡Porque los indios están recogiendo leña como locos!
Ese es el razonamiento circular. Si va a hacer frío entonces los indios recogemos leña. Si los indios recogen leña, entonces va a hacer frío.
Otro ejemplo, que nos acerca a lo que en realidad quiero contar hoy. En una entrevista de trabajo le preguntan al entrevistado si tiene alguna forma de demostrar que es una persona de fiar. Él, tranquilamente, saca una carta de recomendación del superior de un trabajo anterior. La pregunta del entrevistador no tarda en llegar. “¿Y cómo puedo saber que su antiguo jefe es de fiar?” a lo que el aspirante contesta “¡Porque yo nunca miento!”.
A cualquiera que sepa un poco cómo funcionan los certificados de seguridad de Internet le sonará esto. Te conectas a la página de tu banco favorito, y te asegura que es quién dice ser, pero… ¿cómo te fías? Porque tu navegador lo que hace es preguntarle a otra “página” distinta para ver si es verdad… (ya, ya, ya sé que no son páginas, son certificados, pero es que esto no es lo que he venido a contar hoy…), ¿y cómo te fías de esa nueva “página”? Porque se lo preguntas a otra… y ¿cuándo paramos? Cuando llegamos a la entidad certificadora de la que todo el mundo se fía. ¿Y por qué nos fiamos de ella? Pues por la misma razón que nos fiamos de que un notario no miente… porque sí.
Pero no era mi intención escribir sobre certificados de seguridad. De eso nuestros lectores habituales ya saben o al menos tienen capacidad de aprenderlo buscando por ahí. Lo que quería era contar algo relacionado con esto que me ocurrió hace poco.
Cuando se escribe un artículo en un congreso/revista/libro, uno tiene normalmente que ceder los derechos de autor, o al menos dar la autorización para que se publique tu trabajo. Podríamos discutir si esa estamos de acuerdo con esa cesión, y sobre la dictadura de las publicaciones en este mundo de la investigación que nos obliga a hacer cosas que de otra forma no aceptaríamos. Pero tampoco he venido hoy a contar eso. He venido a hablar de mi libro, y hasta que no lo cuente no paro.
Así que sigamos. Pues bien, la “cesión de derechos” habitualmente consiste en firmar una hojita como ésta (“copyright form” lo llaman) indicando tu nombre, título del artículo/capítulo/contribución, y firmar en ella. Después la envías por fax, la escaneas y la envías por e-mail o, en el peor de los casos, la envías por correo ordinario.
Y aquí está el problema circular. ¿Cómo saben los editores que esa es tu firma? ¿Cómo se aseguran que no te meterás después en un pleito diciendo que ese que firmó esa hoja que ellos tienen no es tuya? Pueden preguntarte “¿cómo sabemos que es usted de fiar?”, pero claro, la respuesta va a ser “porque lo digo yo, que no miento nunca”…
En la mayoría de los casos las editoriales ignoran este problema y con esa hojita se conforman. Pues bien, el otro día nos encontramos con un caso en el que eso no ocurrió así. Este teclario que les escribe tuvo que firmar una de esas hojas de cesión de derechos y buscar a un testigo (que finalmente fue otro teclario) para que me viera firmar, y firmara él en la hoja certificando que había firmado el autor real del artículo.
Espero que cuando reciban (por correo ordinario) la hoja firmada no nos llamen diciendo “¿cómo podríamos saber que el testigo es de fiar?”…
… PORQUE ES UN TECLARIO!!
(Y los teclarios no mentimos)
[...] he sacado dos chistes buenos. Uno de ellos es el de los índios que ya puse aquí y que utilicé de hecho para explicar el razonamiento circular, y otro con el que intenta explicar [...]