Anoche
Anoche llegué a casa a las 12.
Acostumbro a acostarme superadas (a veces con creces) las 2 de la mañana. Por alguna razón, me he convertido en un sonámbulo, que se arrastra por la mañana y se despereza cuando el Sol queda detrás.
Cuando uno se va a dormir de manera precipitada, no es fácil apagar el cerebro. Lo último hecho, leído o escrito se mantiene rebotando en las paredes de la mente, creando un eco que espanta a Morfeo e impide que venga a visitarte.
Esto supone que a las altas horas de la madrugada a las que uno abre las sábanas hay que añadir el tiempo que pasa hasta que se apaga ese insistente eco. Lejos de hacer uso de alguna de las píldoras mágicas a las que tan dependientes llegan a ser algunos, yo prefiero decantarme por técnicas menos fisiológicas. Pongo en práctica el consejo de ciertos psicólogos que recomiendan a sus pacientes aquejados de estrés dedicar media hora al día a ver cualquier culebrón. Con ellos, el cerebro entra en un estado de baja energía, abandonando toda opción de seguir rumiando ideas del día a día. Lo gracioso del asunto es que, a pesar de estar casi catatónico, se mantiene la suficiente habilidad como para seguir al pie de la letra esos decadentes guiones que inundan las tardes de televisión con olores y sabores iberoamericanos.
Antes de que lo preguntes, querido teclario, o de que me saques cantares (que te veo venir), te diré que no; no he llegado al límite de la desesperación como para dormirme con culebrones; en su lugar veo entre dos rendijas de luz capítulos de series olvidadas, películas que tengo pendientes o, si hay poco donde elegir, me conformo con bandas sonoras o algo de música tranquila.
Pero ayer no.
Llegué a casa a las 12. Sólo 10 minutos después estaba acostado; así, sin calmantes, ni atenuantes; sin serie, película o música. Sólo el insistente eco, el calor, y los zumbidos de algún mosquito maleducado.
Sonó el teléfono. No importa quién fue; sí que de los cuatro, sólo sonó mi viejo teléfono alámbrico, con su botonera de luz que deslumbró mis ojos acostumbrados ya a la oscuridad (a la fuerza ahorcan).
Curioso.
La noche debilita los corazones, dicen. Y uno se lía a pensar, aprovechando esos ciclos ociosos con los que se construye la Web 2.0.
¿De dónde viene la luz de la botonera del teléfono? ¿Cuanta energía se desaprovecha en los teléfonos que no dan luz? ¿Cómo se las arregla el canal de Isabel II para saber en qué momento abro el grifo para enviarme agua? ¿Cómo funcionan las redes de distribución de Gas Natural? ¿Qué pasaría si el petróleo se acabara? ¿Y el gas? ¿O el agua? ¿Sería nuestra sociedad capaz de volver a vivir como se hacía hace 200 años? ¿2.000? ¿20.000? Buscando agua, luchando día a día por conseguir algo de comida, que habría que tomar cruda o cocinada en un fuego encendido con un palito… ¿Moriríamos, quizá, como moscas por sobre-evolución?
Ayer llegué a casa a las 12.
Se había ido la luz.
Pero hoy no.
Son más de las tres de la mañana. Hora de ir eligiendo alguna película…
August 7th, 2008 at 10:03 pm
Un post muy… entrañable
Desde el final de la tesis he tratado de cambiar mis hábitos (lo cual creo que es un acierto), pero yo también solía llegar tarde a casa y tardar mucho en acostarme. Es curioso lo que dices, pero es verdad: es como si uno se “espabilara” al llegar la medianoche
y de golpe se encontrara con un montón de “rica soledad” y tiempo disponible para hacer muchas cosas XD
Una vez leí en alguna parte que precisamente leer o ver la televisión no son las actividades más recomendadas para coger el sueño, ya que ponen en marcha nuestro cerebro… me pregunto cómo demoniosserá que a mucha gente le funcionen, cuando se supone que los “médicos” coinciden en que lo que habría que hacer es darse es un baño caliente y relajado…
Nunca lo he probado… pero suena sensato ¿no?
March 20th, 2009 at 12:03 pm
[…] con el tiempo de muchas de nuestras vivencias al respecto, donde cada uno hemos puesto nuestro granito de arena a la tarea de hacer entender al mundo que no somos unas vagas […]