Quizá quieras un caramelo…

Querido Ndugu,

Auditorio Nacional de MúsicaLos seres estirados gustan de ir a las salas de conciertos, para juntarse con otros seres estirados que llevan perfumes caros, corbatas y laca. Eso, además, les permite después en sus tertulias y fiestas de sociedad comentar cómo va envejeciendo año a año tal director, los kilos que ha cogido no se qué tenor o lo bien que suena no se qué orquesta. Desconozco si los seres estirados son capaces de saber cuándo la ejecución de una pieza ha sido magistral o no, aunque tengo la sospecha de que la mayoría de las veces no es así, y simplemente se dejan llevar por el nombre del director, la fama de la orquesta y lo apoteósico del final de la obra para dedicar más o menos aplausos.

A los seres estirados les gusta mirar por encima del hombro a los seres insignificantes que tenemos la osadía de ir a los mismos conciertos, y que nos paseamos en los descansos por sus pasillos donde charlan con otros seres estirados sobre las últimas obras de ballet en las que han estado.

Cuando algún día uno abandona la sala nada más terminar la obra en vez de aplaudir a la espera de una propina (o bis), irremediablemente molesta a alguno de ellos al pasar entre su asiento y la fila de enfrente. Entonces, el ser estirado no puede reprimirse un “¡¿pero qué prisa tienes?!”. No entienden que los seres insignificantes también podamos tener cosas que hacer y que, a pesar de apreciar la ejecución de la obra, debamos irnos corriendo a seguir con nuestras tareas. Supongo que les da igual que tú, abejita atareada, tengas que irte sin disfrutar del posible bis, y que lo único que les importa es que les hagas apartar sus orondas rodillas para dejarte paso.

Pero lo que me tiene más intrigado de los seres estirados es su moralidad; uno no sabe si detrás de esa carcasa de hipocresía se esconde un corazoncito que se apiada de los seres insignificantes cuando éstos tienen algún problema. Porque si algún día te asalta la tos en medio de un concierto, no faltará un ser estirado cercano que te acerque un caramelo. En ese momento entiendo la afirmación de Unamuno “todo acto de bondad es una demostración de poderío”. A veces, el ser estirado al tocarte en el hombro llega a hacerlo con tal fuerza que te clava sus uñas, rompiendo la concentración que tenías para no estallar en un alarido de toses que molestarían al más pintado.
En ese momento, tú te das la vuelta y, amable, le das las gracias. Entonces vuelves a mirar hacia la orquesta preguntándote si el ser estirado lo hizo de buena fe o porque le molestaba hasta más allá de lo soportable tu ruido. Y te da miedo volver a toser porque se supone que tienes el caramelo y ya no deberías hacerlo…

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