Mozart murió joven. Según cuentan algunos, al prever su final, compuso el Ave Verum Corpus (que puede escucharse siguiendo la partitura aquí). Es una obra muy corta, compuesta menos de seis meses antes de morir y en la que se respira paz y religiosidad; al ser de escasa duración (a penas tres minutos) es habitual en los repertorios de corales y coros (yo mismo la he cantado y acompañado al piano). Gusta creer que es la pieza que Mozart compuso pensando que no le daría tiempo a componer un Requiem.
La realidad es que meses antes de firmar la partitura, había recibido, precisamente, el encargo de componer un Requiem. El encargo venía de un misterioso caballero que no dio su identidad, lo que hizo pensar a Mozart, sensible a lo sobrenatural, que era un mensajero del Destino, y que el Requiem sería para su propio funeral.
Desgraciadamente, no le dio tiempo a terminarlo, por lo que fue su ayudante, Franz Xaver Süssmayr quien lo terminó.
Aún recuerdo aquella clase de música en el bachillerato, donde el profesor nos indicó el punto exacto en el que Mozart había dejado de componer. Mientras sonaba el Lacrimosa en el viejo radiocasete, Manolo iba marcando los compases, y cuando comenzó el séptimo, nos indicó que de ahí para adelante la música ya no era obra del gran genio salzburgués.
Yo, emulando a mi otrora profesor y ahora amigo Manolo, voy a hacer lo mismo, aunque con algo mucho más mundano. Un texto que narra una aventura que he vivido hace unas pocas horas y que he escrito mientras sucedía. La aventura ha terminado felizmente, aunque con el texto sin completar. Mientras lo lees, lector carísimo, quiero que pienses que tienes a una persona al lado, marcando el compás. Cuando llegues a la marca “[COMPAS 7]” debes interpretarlo como el final de la aventura; el resto del texto fue escrito con posterioridad, no por mi ayudante, sino por mí mismo, eso sí una vez a salvo y en casita. No he querido cambiar nada del texto escrito in situ, para ser fiel a lo escrito en ese momento, por lo que perdona las faltas que en éste mi hijo vieres:
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Me acabo de quedar atascado en el ascensor. Y cuando digo que me he quedado atrapado, digo que estoy atrapado. Escribo estas líneas sentado en el ascensor, con el portátil que afortunadamente tenía conmigo, mientras escucho pitidos del sistema de alarma. Espero que las últimas líneas de este post las escriba ya tranquilamente en casita…
Me siento como Jose Luís López Vázquez en el glorioso corto de La Cabina. Todo empezó cuando me dio por subir en ascensor los cinco pisos desde el garaje hasta el tercero. Llevo una semana subiendo andando, por aquello de la forma física, pero fíjate que hoy me había vuelto vago, y había decidido subir en ascensor. Al menos el ascensor no ha iniciado su ascenso; eso tranquiliza bastante pues sabes que por muy mal que vayan las cosas, no me esperan varios metros de caída libre.
El sistema de alarma que tiene este ascensor es curioso, aunque creo que podría funcionar un poco mejor a estas alturas de siglo. Le he dado a la campana que todos hemos visto en los ascensores y que yo, hasta la fecha, no había tenido que utilizar nunca. El sonido que ha hecho ha provocado que una vecina que andaba por el portal lo haya oído. A gritos me ha dicho que al darle a la campana me deberían contestar los del servicio técnico, pero al indicarla que no me habían contestado ha ido a llamarlos por teléfono.
Al poco de irse, ha contestado una amable señorita del servicio técnico de Otis haciéndome una serie de preguntas según, supongo, el protocolo que tienen ellos establecido.
Tengo que tranquilizar a la gente que piense que puede verse en una situación parecida a ésta que estoy yo viviendo ahora mismo: las preguntas no son demasiado complicadas. Te preguntan si estás atrapado (a esa, mejor que contestes que sí), te preguntan tu nombre (esa también la sabía) y te dicen si tienes algún teléfono donde puedan llamarte (tengo, pero además de tenerlo como siempre con poca batería, no hay aquí abajo y aquí dentro cobertura…). Yo creía que ya no me iban a pillar, y estaba desprevenido cuando ha llegado la pregunta más complicada, con diferencia. Me han preguntado… atención… la calle y el número.
Sí, señores, sí. De lo anterior se deducen dos cosas:
- El sistema de alarma de la empresa de los ascensores no tiene identificación de la llamada: eso significa que si en un momento de estos de tensión lo último que haces antes de caer desmayado es darle al botón, supuestamente salvador, para que vengan a por ti, no van a venir.
- No me sé mi dirección: tal cual, señores. Llevo ya el suficiente tiempo viviendo aquí como para sabérmela, pero la urbanización tiene bastantes portales, y siempre me lío entre ellos.
Como he tenido la intuición de que esa era la pregunta más importante para que puedan venir a rescatarte, le he dicho un número casi a voleo. Tengo la esperanza de haber acertado, y si no lo he hecho yo, al menos espero que la vecina sí sepa donde vive.
La señorita me ha dicho que iba a enviar a un técnico y que en un rato volvería a contactar conmigo (de ahí lo de si tenía teléfono) utilizando el mecanismo de comunicación “de la cabina”. Al poco tiempo de eso, ha empezado a sonar el timbre el solito. Y en ese momento es cuando piensas lo estúpido que has sido por no preguntar a la amable señorita de antes si para poder volver a hablar con ella (iniciar la comunicación), había que darle a algún botón…
Llevo ya veinte minutos aquí atrapado, y todavía no tengo respuesta a esa pregunta. El timbre ha empezado a sonar ya varias veces. En algunas de las ocasiones le he dado al botón de la campana, y otras veces le he dejado que suene. Y sin ninguna correlación aparente, algunas veces me ha salido una señorita, y otras veces se ha callado el timbre solo.
Ahora mismo solo me preocupan dos cosas… que luego comentaré porque ahora lo más importante que tengo que decir es que me acaba de decir una voz al otro lado “estamos aquí, ¿vale?”, así que el técnico viene al rescate. No obstante, por completar el post, continuaré con lo que decía que me preocupaba:
- La duración de la batería del portátil. Ya tiene su tiempo, y no dura mucho.
- Que la vecina hubiera acertado en la dirección. En una conversación posterior con otra señorita, me ha preguntado si era yo la persona atrapada en una dirección concreta… en la que el número que yo la dije no coincidía.
Coño; ahora me [COMPAS 7] preocupa también otra cosa: de repente oigo sonidos fuertes en el techo; se ha debido subir el técnico para rescatarme, pero la sensación que da es que va a brir un boquete y se me va a plantar en medio. Sobre todo porque es justo en medio donde estoy yo sentado con mi portátil.
De repente, la puerta se empieza a abrir. Se nota que no es de forma automática, porque va dando tirones, como si alguien la estuviera empujando. Se para de abrir, aunque aún queda la mitad. Veo el pasillo que me da acceso a la libertad, pero sigo con el portátil encendido y en el suelo. De repente oigo una voz que viene desde arriba que dice “ya puedes salir”. Me levanto y salgo, mirando hacia arriba, donde veo al técnico encaramado al techo del ascensor asomándose por la rendijita. Le doy las gracias y me voy.
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Moraleja: antes de entrar en un ascensor, ten bien claro en qué calle y número te encuentras. Recuerda, tú puedes ser el próximo.
La vida de los Teclarios es todo aventura. Todavía recuerdo ese Post de la “jornada de puertas abiertas” en la que nos contaban como un ilustre Teclario se dejaba en el mismo día varias puertas (del despacho y de casa) abiertas. ¿Probaste si tenías la wireless de algún vecino? Si llegas a decirme por Skype:
“Hola. Te escribo desde el ascensor en el que estoy atrapado. Busca la dirección de mi casa”
Eso hubiese sido tan mítico como algunas de las otras vivencias pre-teclarios que hemos vivido y que no hemos plasmado aún en este blog. Veo que, al menos, tu formación en buceo ha hecho que no sientas ningún agobio al rato que parece que estuviste atrapado
Y ya que has sido tú el que lo ha mencionado y que, claro, en el ascensor no tenías acceso a YouTube, no puedo dejar pasar la ocasión de que disfrutéis del corto La Cabina.
Ja ja ja, estupendo post. Jessep tiene razón: ya me pasó a mi una vez lo de lanzarme por Madrid en busca de nosequé establecimiento… y perderme… y tener que llamarle a él (en realidad al teléfono de emergencias, véase el del despacho 411) para que me orientase remotamente con ayuda del Google Maps, en plan “Misión Imposible” XD
Me alegro de que hayas salido sano y salvo de tu aventura
PD: Lo de no recordar la calle donde uno vive me ha recordado algo que me ocurrió estando de intercambio en Francia… pero eso ya… es otra historia ;P
Un post buenísimo, gracias por compartirlo.