Aventuras de un Beclario en Boston (I): La llegada
Después de alguna escala, de un vuelo larguísimo y de discutir un buen rato con el poli de la frontera, el beclario llega a Boston el Lunes 9 de Abril a última hora de la tarde y hecho pedazos. En el aeropuerto se encuentra con su amable anfitrión, quien recoge sus restos y se los lleva a casa para una cena de bienvenida con los dueños de la casa, llamados John y Michael (la pareja madura de consultores en el campo de las dinámicas de grupo), Justin (el treintañero que trabaja en proyectos para llevar software opensource a hospitales del tercer mundo) y Siri (la estudiante Coreana del MIT que trabaja con sensores de gases explosivos).
Después de la cena, poca fiesta. El beclario se conecta a internet para que su familia sepa que ha llegado bien, encuentra a algún miembro de la orden online (a las 3 de la mañana!), chatea un rato, mira algún email y se va a dormir. Mañana empieza la fiesta.
A las 7am el beclario se despierta (maldito jet-lag) a pesar de que el primer día no empezará hasta la hora de comer (por llamarlo de alguna manera: cita para comer a las 11:45). Aún así, los trozos de beclario se han vuelto a juntar formando un beclario sólido y listo para un poco de marcha, que para eso ha cruzado el atlántico. Comida con Carl (el americano alto de ojos azules que las teclarias recuerdan mejor que los teclarios) y, nada más subir de comer, ronda por el laboratorio saludando a viejos conocidos y presentádose a los nuevos. Luego, reunión con el jefazo del laboratorio para la bienvenida y para discutir objetivos.
Después de esa reunión, a ver a la señora de recursos humanos. El beclario firma TRES contratos sobre la privacidad de datos (es posible que “vea” datos médicos de pacientes reales durante su estancia). También rellena un formulario autorizando a que el laboratorio consulte su ficha criminal (!), otro jurando que está vacunado de todo y finalmente uno sobre transferencia de copyright del que ya podría aprender el diablo para los contratos sobre las almas inmortales y que el beclario piensa ignorar amparado en su fé, el Gepelísmo.
Luego, paseo para ir al centro de seguridad a recoger una tarjeta de identificación que le abra la puerta del laboratorio. Luego, reunión de bienvenida en la sala del café (o staff lounge, según dice el cartel de la puerta). La estancia empieza como acabó la anterior: comiendo helados.
Después del helado, reunión de brainstorming para discutir ideas para hacer videos que enseñen a los médicos a usar los sistemas informáticos. No es su campo, pero al beclario le gusta meterse en todos los fregaos raros y esta reunión es en una sala llena de cámaras, de mesas de mezclas, de focos de iluminación, de claquetas y de otros juguetes con montones de botoncitos y pantallitas. De una habitación así no puede surgir nada aburrido.
Entre unas cosas y otras son las 8, y los trozos de beclario empiezan a disgregarse de nuevo, por lo que éste se marcha a casa. Allí, cena rápida, un poco de sobremesa y desmoronamiento final del beclario a eso de las 11 (5am). Hora de dormir, pero antes un vistazo a los emails. Varios son de la némesis de todo beclario: el temido Director de la Tesis. Mejor ni saber qué dicen, ya los leerá mañana.
Y así es como pasa un beclario su primer día de una estancia de investigación. Sólo un día, sí, pero muy intenso. Mañana sí que empieza la fiesta de verdad.
April 13th, 2007 at 5:34 am
Estreno categoría en el que será el primero de unos pocos posts describiendo cómo se vive durante una estancia de investigación (lo siento por el señor de Filadelfia, he sido más rápido ;)).
December 22nd, 2008 at 12:21 am
[…] evitar que a la sección de “La misma canción” le pase como a la de “Las aventuras de un beclario en Boston“, aquí va la segunda entrega. Trata sobre Always on my mind, una canción que ha tenido […]