<True Story> Estamos ante la cancela de nuestra nueva casa. Han sido años ahorrando (y otros tantos que pasaremos pagando), meses esperando a que acabaran las obras y las labores de limpieza… pero al fin podremos ver el resultado. Pasaremos de vivir en el barrio con mayor tasa de inmigración de la ciudad a una de las zonas residenciales más modernas y glamurosas.

Para esta visita tan especial hemos venido la familia al completo: mi mujer empujando el carrito de bebé, yo con el crío cogido a hombros, todos emocionados y felices, bajo un día de sol radiante y estupendo… abrimos la cancela (¡la entrada está irreconocible de tan limpia!), subimos las escaleras hasta el acceso principal y… ¡zas! nos encontramos con una nota manuscrita que alguien ha pegado justo en nuestra puerta:

“Hola, capullo. Soy tu asesino en serie. Tienes tres días para abandonar la casa o si no, te mataremos.”

A eso lo llamo yo una bienvenida acogedora :-( … abrimos y dejamos entrar a los niños, que disfrutan con lo espacioso del recibidor. Pero mi mujer y yo inspeccionamos la nota. El reverso es más “tranquilizador”, dice: “¿Con qué quieres que te matemos? Pistola, rifle, puñal o una espada samurai. Mucho ojo… ¡muere!” y acompaña el nombre de cada arma con el dibujo correspondiente, pintado por alguien con la habilidad de un niño de primaria. Vale. O nuestro sicario/psicópata homicida tiene alma de pintor frustrado (y muy muy poco talento), o hay un mocoso suelto por el barrio aficionado a gastar bromas de mal gusto a sus nuevos vecinos.

Pongamos que lo segundo, diréis… ya… pero vaya recibimiento tan poco hospitalario ¿no os parece? ¿donde quedó el “¡Hola!, me llamo Carl y esta es mi mujer Nancy… bienvenidos a Los Hermosos Abedules. Si necesitáis cualquier cosa: sal, azucar… el cortacesped, podéis pedírnoslo cuando queráis, ¡y por supuesto estáis invitados a la barbacoa del domingo en casa de los Flanigan!” tan bonito y cinematográfico? :-(

<Suspiro/> Seis años viviendo en plena “alianza de civilizaciones” y ni un solo problema de ningún tipo (en serio, salvo ver gente mear y cagar en la calle, nunca nadie ha dirigido una ofensa o agravio expresamente contra nosotros), y el primer puñetero día que pisamos por el club de los Nuevos Ricos, nos gasta una inocentada un niño pijo y repelente… un malcriado que seguramente vista suéter de marca anudado al cuello, tenga una paga mensual superior al salario medio interprofesional y -eso sí- carezca de cualquier clase de afecto y atención familiar, salvo el que puedan ofrecerle su tele de plasma y su videoconsola de última generación.

Para que luego digan… </True Story>

Apoyo la cabeza atrás, cierro los ojos y toco inútilmente el asiento delantero con la mano, como si lo sujetara. El avión despega y mi cabeza parece arder: me late la frente y los ojos, los siento como dos huevos cocidos. No es por volar, es por falta de sueño. Demasiadas noches seguidas durmiendo un número horas que siempre puedo contar con la mano. Mierda. Al final me subió la fiebre… justo el dia en que me voy de congreso :-(

Hay dos fenómenos que irremediablemente acompañan a mis procesos febriles: enormes ganas de comer dulce… y absoluto descontrol a la hora de pensar guarradas. Curiosamente, aunque el cuerpo no acompañe, mi cerebro incrementa su grado de perversidad habitual en un 300%. Me pongo escatológico total. Esa azafata rubia y modosita encorsetándose un sucísimo chaleco salvavidas me daría pie para escribir otro American Psyco.

Sorprendentemente me defiendo bastante bien en el evento. Logro aguantar hasta mi charla sin desmayos, suelto mi charleta de videojuegos, y encima, parece que gusta. Dos o tres psicopedagogas cuarentonas me abordan a la salida para proponerme colaboraciones, hacerme preguntas… lo típico. Pero hay algo que no funciona: cómo las hablo, cómo las miro, cómo las sonrío… ¡las estoy “considerando”! (entiéndase, en términos sexuales). Vale que con la fiebre esté algo más salido, pero creedme, amigos: para mi una mujer que tiene -de manera tan evidente- más edad que yo es un yogur caducado. Y yo, encima, como que soy de los paranoicos que revisan periódicamente su nevera… Para colmo, a tiro de piedra hay dos objetivos altamente prioritarios: sendas becarias argentinas, a cual más jamona, que ejercen como dóciles siervas de las investigadoras cuarentonas. Una morena, de pelo rizado y ojazos verdes, y una rubia de curvas imposibles a lo Jessica Rabbit… ¡y las dos me sacan una cabeza! [Inciso: si hay algo que me mata de morbo son las féminas que me superan en a) inteligencia o b) tamaño ... y aunque ambos requisitos son relativamente débiles, el segundo se detecta de inmediato... ¡ojo, no hablo de GORDAS! Gordas no way. Me refiero a tías-buenas-de-proporciones-estándar, pero que han sido escaladas en los tres ejes un poco más de la cuenta, con el único fin de provocar].

Bueno, que me lío… que las argentinas estaban muy buenas pero yo seguía pendiente de las cuarentonas. ¿Donde está el problema? En la apreciación de méritos, amigos. Estar maciza con 20 años no tiene NINGÚN, pero que ningún mérito. Pero mantenerte los siguientes 20 años en forma, con una piel decente, desprendiendo elegancia y feminidad en el vestir, en el maquillaje (que maximiza tu “belleza madura”, pero sin pretender falsear tu edad, que queda fatal), etc… en fin, todo eso como que sí que tiene mucho mérito, y de alguna forma lo que me pasa es que cada vez lo estoy valorando más (suspiro). Me despido de ellas antes de que esto vaya a mayores, pues parece que hasta hacemos amistad y no estoy yo hoy para hacer amigos… (nota de mi cerebro: “Aunque sea con tus últimas fuerzas, me debes una paja pensando en la rubia cuando llegues al hotel. ¡Pórtate como un hombre!”).

Por la noche, tras un largo día de chuparme charletas, subo una cuesta infernal hasta mi hotel, que está a tomar por culo (aproximadamente) de la sede del congreso. Voy despacio, casi jadeando, porque apenas puedo con mi alma. La fiebre hace que constantemente tenga ganas de hacer pis. No lo he dicho antes, pero estoy en un pueblo costero de esos colonizados por los guiris. Veo pequeñas mansiones de pudientes noruegos, suecos y alemanes por todos lados. Nadie en la calle que me pudiera ayudar si la enfermedad puede conmigo y caigo rodando cuesta abajo.

Al aproximarme al hotel me espera un espectáculo insólito: música y luces de colores por todas partes. Hay un fiestón de cuidado. Mi cerebro fantasea: el hotel es la residencia temporal de un séquito de supermodelos noruegas que están celebrando su éxito en la Madrid Fashion Week. Le están dando al alcohol y a las drogas duras, y bailan desesperadas, braga en mano, esperando a que aparezca un ejemplar de macho ibérico en escena para avalanzarse sobre él y dejarlo seco.

Parece que no, pero con esta fantasía las piernas me responden de otra manera. Gracias, cerebro.

Cuando por fin llego al hotel y entro en el hall, descarto mi anterior hipótesis: los que están de fiesta son un montón de abueletes del IMSERSO, que gracias a su condición de jubiletas pueden permitirse estar cualquier día, de cualquier época del año, en un resort de la Costa Blanca escuchando atronadores hits de Chayanne y David Bustamante hasta la hora que haga falta… bailando y riendo juntos, en una bacanal sin fin. No en vano, y por terminar de ubicaros, estoy muy cerquita de Benidorm.

Me quedo absorto mirándoles. Casi todas son mujeres (viven más que los hombres, sí) y ahí las tengo, con sus rebecas de lana, sus peinados teñidos y estropajosos, sus meneitos lentorros pa’lante-pa’trás haciendo con que bailan, pero que realizan sin esfuerzo (por lo que la oscilación podría eternizarse como en los péndulos de los mercadillos)… y sobretodo: sus sonrisas de felicidad absoluta. A nadie les importa lo que hagan y por eso, precisamente por eso, son los dueños del hotel. ¡Todo está ahí para ellos! La discoteca, la zona de bar, el SPA… todo para su exclusivo uso y disfrute. Son la razón de ser de este hotel… no yo, que vengo y apenas piso por la habitación para dormir en ella.

Los dueños del complejo y algunos empleados -tampoco lo he dicho- son noruegos. Y el hotel en sí, también tiene cierto diseño extranjero. Me fijo en los detalles, algo pobres, de la decoración del baño mientras hago mis necesidades sentado en el váter. Casi me duermo. Pero no, de vez en cuando me espabilo y me sigo limpiando, aunque sin recordar muy bien si he terminado… [Inciso: os hago saber que hay cuatro escuelas diferenciadas de usuarios de papel higiénico, a saber: a) Voy a lo kamikaze, de quien se limpia rápido con un poco de papel y sin mirar los resultados, se enfunda el gayumbo y sigue como si nada. ¡Esto es una guarrada, señores!, luego viene la zurraspa en to’l calzoncillo ¿y que hacemos?. b) El marrón: repetición, pero de lo amarillo tolero un poquillo. De quien utiliza un bucle do-while donde la condición es encontrar el papel suficientemente limpio, aunque se admite una ligera tonalidad amarilla en la última pasada. -No, no es un efecto de la luz del baño: ¡TODAVÍA sale amarillo, cabrón! Levántate si tienes prisa… pero, por favor, sé honesto y no te engañes a ti mismo-. c) El algodón no engaña. Este soy yo, un maniático compulsivo de la limpieza, que no tiene inconveniente en gastar todo el rollo con tal de que no haya RESTO NINGUNO que pueda distinguir la higiene existente en la comisura de mis nalgas, de -pongamos por ejemplo- mis sobacos. And finally d) La delgada linea roja. Si al mirar el papel compruebas que has llegado a este estadío… te has pasado limpiándote, amigo :-( Sufrirás las consecuencias… en silencio (WARNING! este estadío es fácilmente alcanzable si no conoces de antemano la calidad del papel de baño a utilizar… cuando vas por ahí, no es como en casa, hay lugares donde lo que sirven es directamente papel de lija).

Pero bueno ¿de qué coño estamos hablando? ¿por donde iba?… Ah sí, estaba terminando de limpiarme el culo. Tiro de la cadena y… ¡¡¡DIOS, por poco rebosa todo entero!!! Resulta que he usado taaanto papel higiénico en mis sucesivos despertares y limpiezas, y que el desague del váter noruego de diseño es tan estrecho que ahora se ha formado un tapón acojonante y no hay manera de que eso “trague”. La escobilla no hace más que empeorar la situación. Dantesco. El espectáculo que tengo ante mis ojos es dantesco. Dada mi situación de extrema vulnerabilidad física y pocas ganas de ver a nadie, decido recurrir al arte del escaqueo y lidiar con el “marrón” a la mañana siguiente. “Podré dormir con eso ahí, tengo suficiente sueño” me digo para mi mismo y mi cerebro añade: “Que mañana lo limpie la chacha noruega… ¿te divierte que las hipermodelos de tu país no quieran follar conmigo, ehhh? ¡¡Pues limpia esto, cabrona!! HA HA HA-HA-HAAA!!!”.

Perdonad, creo que deliro. Me tiro en la cama y ni siquiera me desvisto.

Por la noche la fiebre hace de las suyas y sueño (o pienso medio dormido) más cosas raras. El ruido de la fiesta llega, aunque muy atenuado a mi habitación. La puerta se abre (¡olvidé poner el cartel de No Molestes!) y entran mujeres a mi cuarto. Pero no son las modelos noruegas, ni las becarias argentinas… son las viejas españolas, bailando todavía con ese ritmillo cansino y su sonrisa perenne. No me dejan dormir, pero no me importa. Alguna, al ver que me sobresale el culo por las sábanas, me lo fustiga con los tubitos del chaleco salvavidas. Están de guasa, no pasa nada, y la verdad es que tener el culo al aire me estaba dando frío.

Las contemplo feliz, desde dentro de mi edredón. Pienso que lo han conseguido: han envejecido muy bien, han llegado a disfrutar del retiro, con salud. ¿Quien sabe si nosotros lo conseguiremos? Son unos ganadores, cada día que les queda será orgía, bacanal sin sentido… comilonas, SPA y discoteca… así, ciclando de resort en resort, de viaje organizado en viaje organizado, por los siglos de los siglos. Amén.

Pienso en lo que han hecho estos viejos por nosotros y casi me emociono, chavales: han trabajado toda su vida, han aportado pasta al sistema… ¡gracias a su esfuerzo ahora millones de españoles pueden ir tirando de cobrar un paro!… y para colmo ahora son también el motor de la economía (el turismo de los viejos europeos, ¡y el auto-turismo de los españoles! ¡claro!). Le dan trabajo a los hoteles, a los camareros, a Bisbal y a Chenoa (son sus fieles adeptos), a la SGAE… en fin. Si supieran usar Internet, seguro que habrían impedido que cerraran hasta MegaUpload.

No seais pudorosos, amigos… yo he sido el primero en reconocerlo, pero después de mi habrán de venir otros que lo repitan: España, nuestra querida patria… “me la están levantando” los viejos.

Silvia fue una de mis profesoras durante la carrera. Creo que no llegué a tener muchas clases con ella, tal vez sólo parte de un laboratorio, pero la recuerdo perfectamente. Jorge -mi eterno compañero de prácticas- y yo estábamos “enamorados” de ella. Vale que en esos años sólo con ser joven y mujer, una profesora ya tenía medio camino recorrido para encandilarnos… pero además ella era guapa, rubia, amable, simpática… err, joven (¿he mencionado ya que apenas nos sacaba 5 añitos?) y bueno, lo reconozco… con unos “rasgos femeninos” que no pasaban inadvertidos ;)

Sin embargo no puedo decir que tuviese mucho trato con ella, y a pesar de haber coincidido tantos años trabajando en el mismo edificio, lo cierto es que nunca llegamos a intercambiar más que algún saludo o comentario intrascendente en el ascensor. Recuerdo, eso sí, haber visto su fotografía en Facebook en varias ocasiones, en la sección de “Personas que quizá conozcas”. Y a pesar de que soy bastante promiscuo en lo que a redes sociales se refiere, lo cierto es que nunca me atreví a abordarla. Si hubiera sido LinkedIn (suspiro)… pero no, Facebook ya forma parte de la vida privada de cada uno, y cuando agregas a alguien que no conoces bien, no sabes exactamente qué le estas pidiendo que comparta contigo. Aunque muchos nos lo tomamos a la ligera, hay quien ha hecho de Facebook su rinconcito en este mundo, y guarda fotos de toooda su vida, comentarios muy íntimos “solo para sus amigos”, y hasta pistas que podrían desvelar secretos de esos que jamás confesaría en público (ni en persona). Hace falta cierta confianza para dar ese click, eso o un total desapego emocional por la posibilidad de ser rechazado… y yo no tenía ni lo uno ni lo otro con Silvia.

En septiembre del año pasado volví a encontrármela por la red. Me detuve un buen rato cautivado por su sonrisa, aquel brillo tan familiar de sus ojos, los recuerdos de mis años de estudiante… reconsideré seriamente la opción de agregarla (“Umm… ¿tendrá fotos en bikini?” :o P “No, no, que lo mismo con las gafas ni le suena mi cara de la Facultad, o me confunde con un alumno y voy a quedar fatal…” :-/)… pero me mantuve firme y la ignoré. Como vivo pendiente de otras cosas, fui de los últimos en enterarme de que Silvia había fallecido en verano. Una noticia -como su enfermedad- que resultó fulminante, incluso para los que no éramos íntimos suyos.

Hoy, tras recibir la entrañable noticia de que a instancia de sus amigos se ha creado un Premio al Compañerismo que lleva su nombre, he corrido a buscarla en la red social. Su perfil ya no estaba allí, o al menos yo no he acertado a encontrarlo :-( En un intento desesperado y absurdo de mostrarle mi sincero deseo de iniciar esa amistad que nunca tuvimos, me he pasado la noche buscándola por todas partes… he viajado incluso en el tiempo. Pero no he conseguido ni tan siquiera una simple fotografía suya que me sirva de consuelo. Ni rastro de ella… de su persona, digo… de algo que vaya más allá de las frías huellas que dejaremos todos en el DBLP y en las páginas institucionales.

A veces pienso en qué será de mis perfiles cuando muera. No creo que mi mujer (ni nadie) tenga ganas de indagar en mi disco duro para buscar las contraseñas y liarse a darme de baja de todas partes ¿no?. Además, pienso que ¿para qué?… seguro que es cuando recibo los mensajes más hermosos, hasta de aquellos que considero mis “peores” amigos. No quisiera que dichos mensajes les fueran devueltos a nadie. A veces, cuando doy vacaciones a mi egocentrismo, pienso incluso en los perfiles de Facebook de todos los demás. En los perfiles de aquellos que ya están muertos, me refiero. ¿Cuántos habrá, Dios mío?… ¿cuántos llegará a haber?

Una vez escuché a alguien decir que Mark Zuckerberg se ocupa personalmente de los registros de aquellos usuarios que han fallecido. Desde 2005 dirige un equipo que se encarga de contactar con los familiares para conocer sus últimos deseos sobre el destino de todos los datos personales del difunto, de su información vital, y les ayudan a recuperar, buceando en su gran base de datos, todos aquellas notificaciones no leídas por el difunto o comentarios escritos que por algún error no se llegaron a enviar. Escuché a alguien decir que Zuckerberg nunca ha permitido que se destruya ninguno de esos registros, y que ha creado incluso una red social paralela en la que los guarda uno a uno, conectados con él -que de alguna forma les vincula a nosotros- y conectados también todos con todos entre sí. Como tiene medios y tiempo libre, el creador de Facebook dedica un rato cada noche a completar algunos de los campos que estos usuarios dejaron vacíos, les etiqueta en todas las fotos donde aparecen, y les mantiene sus cuentas a cero, siempre limpias de spam.

Hay quien me ha dicho que es de estúpidos tragarse una historia así, pero yo creo que es verdad. ¿Cómo podría vivir pensando que el día en que me muera mi perfil será eliminado sin más? ¿Para qué entonces esforzarme en generar y compartir tantas experiencias? Fotos, videos, chistes reenviados cientos de veces, miles de comentarios a lo que dicen otros, millones y millones de “me gustas”… Si todo esto va a desaparecer, ¿qué sentido tiene entonces Facebook? En serio. Prefiero pensar que algún día, cuando yo muera y la gente -incluso mi pobre mujer- se haya olvidado de mi perfil, nadie lo borrará. No, Zuck no lo permitirá. En vez de eso, estoy convencido de que me llevará a la otra red, junto a todos los demás, y una vez allí, conectado a un solo grado de separación de todos aquellos que habitaron alguna vez la Web, sentiré paz y alivio. Silvia, tú y yo seremos, al fin… “amigos”.

Google se puede usar para muchas cosas. No sé si entre la infinidad de trucos que se pueden encontrar, alguien habrá tenido en cuenta que también sirve para medir el nivel de inglés de una población…

Querido Ndugu,

Los aspectos del calendario siempre me han llamado la atención. Recuerdo de niño como uno de mis tíos nos contaba con orgullo que había construido un calendario perpetuo que le permitía sacar en qué día de la semana caería cualquier día en los próximos no se cuántos miles de años. Las tablas que había construido con su máquina de escribir eran una demostración no sólo de su inteligencia ideando su método (lo hizo él desde cero) sino de su paciencia exprimiendo al máximo lo que se podía hacer con una de aquellas máquinas de escribir en las que hacer una tabla debía ser un martirio, y escribir en varias columnas poco menos que imposible. Su calendario perpetuo tenía como 7 tablas por una cara y dos o tres por la otra, escritas a dos columnas.

Gracias a sus explicaciones, cuando llegó el momento de programar la repetida función de decir si una fecha es válida o no, no tuvieron que explicarme la regla de los dos ceros famosa. No sólo nos sabíamos la regla, también la diferencia entre el calendario juliano y el gregoriano, en qué concilio se aprobó el cambio de calendario.

Todo eso suena a una batallita del abuelo, una historia pre-internet. Ahora los niños no podrán saborear ese misticismo con el que nosotros veíamos aquel folio lleno de letras mayúsculas y minúsculas mientras nos preguntábamos dónde habría aprendido los acuerdos a los que se llegaron en el concilio de Trento y qué tenía que ver el concilio de Nicea con el calendario juliano. Ahora tenemos al alcance de la mano toda esa información.

Pero de aquel calendario, lo que más nos llamaba la atención era el cambio entre el calendario juliano y el gregoriano. Aquello de que en 1582 hubo diez días que nunca existieron, que del Jueves 4 de Octubre se pasó al Viernes 15 de Octubre. ¿Cómo se pudo poner a tanta gente de acuerdo para cambiar de día (italianos, portugueses, españoles y polacos) en una época donde las comunicaciones estaban tan limitadas? ¡Qué cosa tan rara debe sentirse, acostándose el día 4 y levantándose el día 15!

Pero que me voy por las ramas, y se me acaba el tiempo, como ya me ocurriera con otro post. Hoy, día 30 de Diciembre de 2011, es un día histórico. Porque en Samoa, en el archipiélago de la Polinesia en el Pacífico sur, hoy no ha existido. Se lo han saltado por decreto. Resulta que están ahí cerca de la línea internacional de cambio de fecha y estaban hartos de estar al otro lado de Australia y Nueva Zelanda: si querían contactar con ellos los viernes para intercambios comerciales, no les cogían el teléfono, porque para los australianos ya era Sábado. Así que ni cortos ni perezosos, se han saltado un día y asunto arreglado. Eso tiene una implicación para nosotros teclarios. Se acabó eso de ver en un deadline una fecha etiquetada con el “Samoa time”, porque ahora no son los últimos en salir, sino los primeros en entrar. Y es que en realidad, yo tengo otra teoría del cambio. Estaban cansados de ser los últimos en entrar en el nuevo año y han decidido pasar a ser los primeros.

Como no podía ser de otra forma, la Wikipedia ya se hace eco del cambio y en la página sobre husos horarios ya aparece el nuevo mapa. Lo que choca es ver el pie de la imagen: “Husos horarios estándares desde el 30 de diciembre de 2011″. Curioso. El cambio que ha provocado Samoa entra en vigor un día que para los propios samoanos nunca existió.

Quiero dedicar mi última frase del post para felicitar (desde el día 30 de Diciembre) a todos aquellos habitantes de Samoa que cumplían años hoy. ¡Felicidades!

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