Apoyo la cabeza atrás, cierro los ojos y toco inútilmente el asiento delantero con la mano, como si lo sujetara. El avión despega y mi cabeza parece arder: me late la frente y los ojos, los siento como dos huevos cocidos. No es por volar, es por falta de sueño. Demasiadas noches seguidas durmiendo un número horas que siempre puedo contar con la mano. Mierda. Al final me subió la fiebre… justo el dia en que me voy de congreso
Hay dos fenómenos que irremediablemente acompañan a mis procesos febriles: enormes ganas de comer dulce… y absoluto descontrol a la hora de pensar guarradas. Curiosamente, aunque el cuerpo no acompañe, mi cerebro incrementa su grado de perversidad habitual en un 300%. Me pongo escatológico total. Esa azafata rubia y modosita encorsetándose un sucísimo chaleco salvavidas me daría pie para escribir otro American Psyco.
Sorprendentemente me defiendo bastante bien en el evento. Logro aguantar hasta mi charla sin desmayos, suelto mi charleta de videojuegos, y encima, parece que gusta. Dos o tres psicopedagogas cuarentonas me abordan a la salida para proponerme colaboraciones, hacerme preguntas… lo típico. Pero hay algo que no funciona: cómo las hablo, cómo las miro, cómo las sonrío… ¡las estoy “considerando”! (entiéndase, en términos sexuales). Vale que con la fiebre esté algo más salido, pero creedme, amigos: para mi una mujer que tiene -de manera tan evidente- más edad que yo es un yogur caducado. Y yo, encima, como que soy de los paranoicos que revisan periódicamente su nevera… Para colmo, a tiro de piedra hay dos objetivos altamente prioritarios: sendas becarias argentinas, a cual más jamona, que ejercen como dóciles siervas de las investigadoras cuarentonas. Una morena, de pelo rizado y ojazos verdes, y una rubia de curvas imposibles a lo Jessica Rabbit… ¡y las dos me sacan una cabeza! [Inciso: si hay algo que me mata de morbo son las féminas que me superan en a) inteligencia o b) tamaño ... y aunque ambos requisitos son relativamente débiles, el segundo se detecta de inmediato... ¡ojo, no hablo de GORDAS! Gordas no way. Me refiero a tías-buenas-de-proporciones-estándar, pero que han sido escaladas en los tres ejes un poco más de la cuenta, con el único fin de provocar].
Bueno, que me lío… que las argentinas estaban muy buenas pero yo seguía pendiente de las cuarentonas. ¿Donde está el problema? En la apreciación de méritos, amigos. Estar maciza con 20 años no tiene NINGÚN, pero que ningún mérito. Pero mantenerte los siguientes 20 años en forma, con una piel decente, desprendiendo elegancia y feminidad en el vestir, en el maquillaje (que maximiza tu “belleza madura”, pero sin pretender falsear tu edad, que queda fatal), etc… en fin, todo eso como que sí que tiene mucho mérito, y de alguna forma lo que me pasa es que cada vez lo estoy valorando más (suspiro). Me despido de ellas antes de que esto vaya a mayores, pues parece que hasta hacemos amistad y no estoy yo hoy para hacer amigos… (nota de mi cerebro: “Aunque sea con tus últimas fuerzas, me debes una paja pensando en la rubia cuando llegues al hotel. ¡Pórtate como un hombre!”).
Por la noche, tras un largo día de chuparme charletas, subo una cuesta infernal hasta mi hotel, que está a tomar por culo (aproximadamente) de la sede del congreso. Voy despacio, casi jadeando, porque apenas puedo con mi alma. La fiebre hace que constantemente tenga ganas de hacer pis. No lo he dicho antes, pero estoy en un pueblo costero de esos colonizados por los guiris. Veo pequeñas mansiones de pudientes noruegos, suecos y alemanes por todos lados. Nadie en la calle que me pudiera ayudar si la enfermedad puede conmigo y caigo rodando cuesta abajo.
Al aproximarme al hotel me espera un espectáculo insólito: música y luces de colores por todas partes. Hay un fiestón de cuidado. Mi cerebro fantasea: el hotel es la residencia temporal de un séquito de supermodelos noruegas que están celebrando su éxito en la Madrid Fashion Week. Le están dando al alcohol y a las drogas duras, y bailan desesperadas, braga en mano, esperando a que aparezca un ejemplar de macho ibérico en escena para avalanzarse sobre él y dejarlo seco.
Parece que no, pero con esta fantasía las piernas me responden de otra manera. Gracias, cerebro.
Cuando por fin llego al hotel y entro en el hall, descarto mi anterior hipótesis: los que están de fiesta son un montón de abueletes del IMSERSO, que gracias a su condición de jubiletas pueden permitirse estar cualquier día, de cualquier época del año, en un resort de la Costa Blanca escuchando atronadores hits de Chayanne y David Bustamante hasta la hora que haga falta… bailando y riendo juntos, en una bacanal sin fin. No en vano, y por terminar de ubicaros, estoy muy cerquita de Benidorm.
Me quedo absorto mirándoles. Casi todas son mujeres (viven más que los hombres, sí) y ahí las tengo, con sus rebecas de lana, sus peinados teñidos y estropajosos, sus meneitos lentorros pa’lante-pa’trás haciendo con que bailan, pero que realizan sin esfuerzo (por lo que la oscilación podría eternizarse como en los péndulos de los mercadillos)… y sobretodo: sus sonrisas de felicidad absoluta. A nadie les importa lo que hagan y por eso, precisamente por eso, son los dueños del hotel. ¡Todo está ahí para ellos! La discoteca, la zona de bar, el SPA… todo para su exclusivo uso y disfrute. Son la razón de ser de este hotel… no yo, que vengo y apenas piso por la habitación para dormir en ella.
Los dueños del complejo y algunos empleados -tampoco lo he dicho- son noruegos. Y el hotel en sí, también tiene cierto diseño extranjero. Me fijo en los detalles, algo pobres, de la decoración del baño mientras hago mis necesidades sentado en el váter. Casi me duermo. Pero no, de vez en cuando me espabilo y me sigo limpiando, aunque sin recordar muy bien si he terminado… [Inciso: os hago saber que hay cuatro escuelas diferenciadas de usuarios de papel higiénico, a saber: a) Voy a lo kamikaze, de quien se limpia rápido con un poco de papel y sin mirar los resultados, se enfunda el gayumbo y sigue como si nada. ¡Esto es una guarrada, señores!, luego viene la zurraspa en to’l calzoncillo ¿y que hacemos?. b) El marrón: repetición, pero de lo amarillo tolero un poquillo. De quien utiliza un bucle do-while donde la condición es encontrar el papel suficientemente limpio, aunque se admite una ligera tonalidad amarilla en la última pasada. -No, no es un efecto de la luz del baño: ¡TODAVÍA sale amarillo, cabrón! Levántate si tienes prisa… pero, por favor, sé honesto y no te engañes a ti mismo-. c) El algodón no engaña. Este soy yo, un maniático compulsivo de la limpieza, que no tiene inconveniente en gastar todo el rollo con tal de que no haya RESTO NINGUNO que pueda distinguir la higiene existente en la comisura de mis nalgas, de -pongamos por ejemplo- mis sobacos. And finally d) La delgada linea roja. Si al mirar el papel compruebas que has llegado a este estadío… te has pasado limpiándote, amigo
Sufrirás las consecuencias… en silencio (WARNING! este estadío es fácilmente alcanzable si no conoces de antemano la calidad del papel de baño a utilizar… cuando vas por ahí, no es como en casa, hay lugares donde lo que sirven es directamente papel de lija).
Pero bueno ¿de qué coño estamos hablando? ¿por donde iba?… Ah sí, estaba terminando de limpiarme el culo. Tiro de la cadena y… ¡¡¡DIOS, por poco rebosa todo entero!!! Resulta que he usado taaanto papel higiénico en mis sucesivos despertares y limpiezas, y que el desague del váter noruego de diseño es tan estrecho que ahora se ha formado un tapón acojonante y no hay manera de que eso “trague”. La escobilla no hace más que empeorar la situación. Dantesco. El espectáculo que tengo ante mis ojos es dantesco. Dada mi situación de extrema vulnerabilidad física y pocas ganas de ver a nadie, decido recurrir al arte del escaqueo y lidiar con el “marrón” a la mañana siguiente. “Podré dormir con eso ahí, tengo suficiente sueño” me digo para mi mismo y mi cerebro añade: “Que mañana lo limpie la chacha noruega… ¿te divierte que las hipermodelos de tu país no quieran follar conmigo, ehhh? ¡¡Pues limpia esto, cabrona!! HA HA HA-HA-HAAA!!!”.
Perdonad, creo que deliro. Me tiro en la cama y ni siquiera me desvisto.
Por la noche la fiebre hace de las suyas y sueño (o pienso medio dormido) más cosas raras. El ruido de la fiesta llega, aunque muy atenuado a mi habitación. La puerta se abre (¡olvidé poner el cartel de No Molestes!) y entran mujeres a mi cuarto. Pero no son las modelos noruegas, ni las becarias argentinas… son las viejas españolas, bailando todavía con ese ritmillo cansino y su sonrisa perenne. No me dejan dormir, pero no me importa. Alguna, al ver que me sobresale el culo por las sábanas, me lo fustiga con los tubitos del chaleco salvavidas. Están de guasa, no pasa nada, y la verdad es que tener el culo al aire me estaba dando frío.
Las contemplo feliz, desde dentro de mi edredón. Pienso que lo han conseguido: han envejecido muy bien, han llegado a disfrutar del retiro, con salud. ¿Quien sabe si nosotros lo conseguiremos? Son unos ganadores, cada día que les queda será orgía, bacanal sin sentido… comilonas, SPA y discoteca… así, ciclando de resort en resort, de viaje organizado en viaje organizado, por los siglos de los siglos. Amén.
Pienso en lo que han hecho estos viejos por nosotros y casi me emociono, chavales: han trabajado toda su vida, han aportado pasta al sistema… ¡gracias a su esfuerzo ahora millones de españoles pueden ir tirando de cobrar un paro!… y para colmo ahora son también el motor de la economía (el turismo de los viejos europeos, ¡y el auto-turismo de los españoles! ¡claro!). Le dan trabajo a los hoteles, a los camareros, a Bisbal y a Chenoa (son sus fieles adeptos), a la SGAE… en fin. Si supieran usar Internet, seguro que habrían impedido que cerraran hasta MegaUpload.
No seais pudorosos, amigos… yo he sido el primero en reconocerlo, pero después de mi habrán de venir otros que lo repitan: España, nuestra querida patria… “me la están levantando” los viejos.